Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

Goyo Avilés, periodista hecho en la calle

Por Alberto De La Hoya 

Hay escuelas que entregan un título y hay otras que forman periodistas para toda la vida. Para muchos de nosotros, La Crónica de Baja California fue precisamente eso…una universidad del periodismo.

Sus aulas no tenían pizarrones ni mesabancos, eran las patrullas, las carreteras, las redacciones, los juzgados, los campos agrícolas, los incendios, los accidentes y las madrugadas interminables persiguiendo la noticia, los maestros tampoco vestían toga Eran periodistas de oficio, algunos empíricos y otros con formación universitaria, pero todos con una enorme disposición para compartir lo que sabían.

Carlos Lima, Raúl Ruiz, Moisés Márquez, Julián Torres, Sergio Haro, Rosa María Méndez y, por supuesto, Juan Gregorio Avilés Tarín, fueron parte de esa generación que enseñaba sin necesidad de dar una clase formal, bastaba acompañarlos un día de trabajo para aprender más que en muchos libros.

A Goyo Avilés lo conocí a finales de 1992. Originario de Ciudad Obregón, Sonora, era de esos reporteros que nunca preguntaban por qué ni para qué. Si había que salir, simplemente se salía. Nunca escuché de su boca un “no puedo” o “no me toca”.

Su especialidad era el Valle de Mexicali conocía cada ejido, cada brecha, cada productor y cada problema de aquella extensa región agrícola. Sin embargo, si había que cubrir la fuente policiaca, ahí estaba, si tocaba deportes, también. cualquier otra asignación era asumida con el mismo profesionalismo en realidad, así trabajaba toda aquella redacción…cada quien tenía su fuente, pero cuando la noticia lo exigía, todos entraban al relevo.

Recorrimos incontables kilómetros detrás de la información desde el sur del Valle, en el área del Indiviso Oviedo Mota, hasta el extremo norte, en la frontera con Estados Unidos, hubo jornadas que nos llevaron incluso a documentar el recorrido del agua desde la presa Hoover por el Canal Todo Americano, una cobertura que implicó conocer de cerca una infraestructura vital para la región.

También nos tocó vivir tiempos difíciles, los enfrentamientos entre grupos criminales en Tijuana nos encontraron varias veces haciendo nuestro trabajo, con la única convicción de informar. 

En aquellos años el periodismo se hacía con libreta, grabadora, cámara fotográfica y mucha voluntad, no había teléfonos inteligentes ni redes sociales. Había que estar donde ocurrían los hechos.

Con el tiempo, el talento y la experiencia llevaron a Goyo a ocupar la responsabilidad de editor. Ahí cambió la libreta por la mesa de edición, pero nunca perdió la esencia de reportero. Revisaba nota tras nota, corregía, orientaba y ayudaba a que cada información llegara a los lectores con la calidad que caracterizaba al periódico.

Aquella escuela periodística también tenía directores que marcaron una época, a nivel corporativo estaban Fernando Ruiz del Castillo, Jorge Morales y José Santiago Healy, mientras que en la edición local la conducción recaía en Sergio García Domínguez. Todos ellos impulsaban una filosofía donde la mejor enseñanza era el ejemplo diario.

Hace unos días le pedí a Goyo que me hablara de sus inicios. Con la sencillez que siempre lo ha caracterizado, prefirió que escribiera únicamente sobre lo que me consta. Sin embargo, compartió una parte de su historia.

Su contacto con la tinta y el papel comenzó en 1973, en Ciudad Obregón, cuando ingresó a Tribuna del Yaqui. Ahí operaba los teletipos y los equipos de telefoto que recibían información nacional e internacional, además de corregir notas locales.

Dos años después emigró a Mexicali para incorporarse a La Voz de la Frontera. Inició como corrector y, con el paso de los años, llegó a ser reportero y secretario de Redacción. En 1990 se integró a La Crónica de Baja California, donde muchos tuvimos el privilegio de aprender de su experiencia.

Cuando habla de su formación, lo hace con orgullo. Se define como periodista empírico. Y quizá por eso encuentra un significado especial en una estrofa de la canción Sin fortuna, interpretada por Gerardo Reyes: “Yo no fui a la escuela; yo aprendí de grande”.

Esa frase resume la historia de toda una generación de periodistas que aprendieron el oficio caminando las calles, recorriendo caminos de terracería, enfrentando riesgos, corrigiendo errores y enseñando con el ejemplo.

Hoy, cuando el periodismo ha cambiado de herramientas, vale la pena reconocer a hombres como Juan Gregorio Avilés Tarín. Porque pertenecen a esa generación que entendía que antes que la tecnología estaba el compromiso con la noticia y que el mejor maestro siempre sería el trabajo diario.

¡Salud!