Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

¿Quién está pensando en el campo mexicano dentro de veinte años?

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

Hay preguntas que incomodan porque nos obligan a dejar de mirar el presente.

Una de ellas me ha acompañado durante varios días.

¿Quién está pensando en el campo mexicano dentro de veinte años?

No en la siguiente cosecha. No en el próximo presupuesto. No en la siguiente elección.

En veinte años.

Quien únicamente se prepara para la siguiente cosecha terminará viviendo de crisis en crisis.

Durante muchos años he hablado del campo desde los números: toneladas por hectárea, precios internacionales, mercados, costos de producción, disponibilidad de agua, políticas públicas y presupuestos. Es necesario hacerlo. Los datos ayudan a entender la realidad.

Pero hoy quisiera hablar desde otro lugar.

Desde la preocupación de quien ha visto cómo el Valle de Mexicali ha alimentado a generaciones de mexicanos y hoy observa con inquietud que el futuro parece discutirse solamente cuando aparece una nueva crisis.

Porque esa es quizá nuestra mayor debilidad.

Vivimos respondiendo a la emergencia.

Pocas veces construimos el porvenir.

Es fácil buscar un solo responsable. Sin duda, las políticas públicas tienen una enorme responsabilidad. Durante años el campo ha necesitado reglas claras, instituciones sólidas, financiamiento, investigación, infraestructura y una visión de largo plazo que la mayoría de las veces no ha llegado.

Pero sería injusto detenernos ahí.

También como productores y como organizaciones, debemos hacer un examen de conciencia.

¿Hemos sabido adaptarnos a un mundo que cambió?

¿Hemos construido estrategias comunes?

¿Hemos aprendido a trabajar unidos aun cuando existan diferencias?

Porque cuando varias organizaciones dejan de colaborar por conflictos entre sus dirigentes, quienes realmente pierden no son los líderes.

Pierden los productores

Cuando el orgullo sustituye al diálogo, el campo paga la factura.

Claro que el campo mexicano necesita apoyos y urgentes, pero no es lo único, necesita confianza, necesita instituciones que escuchen, necesita dirigentes capaces de construir acuerdos, necesita productores dispuestos a participar en ellos.

Cuando se habla del campo mexicano no solamente hablamos de producir trigo, algodón, hortalizas o forrajes.

Hablamos de la relación entre el gobierno y los ciudadanos. Hablamos de reglas claras. De responsabilidad compartida. De un compromiso permanente con quienes producen los alimentos que llegan diariamente a la mesa de millones de familias.

Una sociedad fuerte no se construye únicamente con crecimiento económico.

También necesita justicia. Necesita dignidad.

Necesita compasión para comprender al que enfrenta dificultades y firmeza para tomar decisiones pensando en el bien común.

Las mejores políticas públicas nunca nacen de la improvisación. Nacen del conocimiento.

De escuchar a quienes viven los problemas todos los días.

De reconocer que ninguna oficina puede conocer mejor la realidad del campo que quien la trabaja desde antes del amanecer.

Pero escuchar también implica aceptar verdades incómodas.

La disponibilidad del agua ya no será la misma.

Los mercados seguirán cambiando

La competencia internacional será cada vez más intensa.

Las exigencias ambientales aumentarán.

Esperar que todo vuelva a ser como hace treinta años no es una estrategia.

Es solamente una esperanza sin dirección.

Y las esperanzas también necesitan organización.

Entiendo el coraje de muchos productores.

Sería extraño que no existiera, han invertido años de trabajo, han enfrentado climas adversos, mercados impredecibles, costos crecientes, decisiones públicas equivocadas. 

Ese dolor merece respeto. Nunca descalificación.

Pero después del coraje aparece una pregunta todavía más importante.

¿Qué vamos a hacer?

Porque hay circunstancias que no podemos controlar.

No controlamos la lluvia, no controlamos el clima, no controlamos las decisiones de los gobiernos, no controlamos el precio que abrirán mañana los mercados, sin embargo, cada ciclo agrícola el productor vuelve a sembrar.

No porque tenga la garantía del éxito.

Sino porque entiende que la esperanza también es una forma de trabajo.

Quizá ahí se encuentre una de las mayores lecciones que el campo puede ofrecerle a toda la sociedad.

Sembrar siempre ha sido un acto de fe, pero también de inteligencia, nadie siembra sin preparar la tierra, nadie construye una cosecha improvisando.

Entonces surge otra pregunta

Si planificamos cada hectárea, ¿por qué no planificamos el futuro del sector?

¿Cuál es la estrategia del Valle de Mexicali para los próximos cinco años?

¿Y para los próximos diez?

¿Y para los próximos veinte?

Porque los pueblos no desaparecen únicamente cuando dejan de producir.

También desaparecen cuando dejan de recordar quiénes fueron y dejan de imaginar quiénes pueden llegar a ser.

La historia no existe para vivir mirando hacia atrás. Existe para impedir que repitamos los mismos errores con distintos protagonistas. 

El Valle de Mexicali nació gracias a mujeres y hombres que aprendieron a vencer al desierto.

Ellos pensaban en generaciones.

No solamente en ciclos agrícolas.

Quizá ha llegado el momento de recuperar esa mirada.

Los buenos gobiernos importan.

Y mucho.

No basta con tener buenas intenciones.

La eficacia también importa.

Gobernar exige conocimiento, capacidad para construir acuerdos y disposición para escuchar. Pero esa misma exigencia también aplica para nosotros.

Las organizaciones agrícolas deben formar nuevos liderazgos.

Promover la unidad, preparar a quienes continuarán la defensa del campo cuando nosotros ya no estemos, porque ningún dirigente es eterno, pero las instituciones sí pueden serlo.

El futuro del campo mexicano no dependerá únicamente del gobierno.

Tampoco dependerá únicamente de los productores.

Dependerá de la capacidad de ambos para comprender que la agricultura es demasiado importante para convertirse en un espacio permanente de confrontación.

El Valle de Mexicali merece volver a pensar en grande.

No solamente para sobrevivir. Sino para trascender.

Porque al final, la verdadera pregunta nunca ha sido cuánto produciremos el próximo año.

La verdadera pregunta es mucho más profunda.

¿Qué campo queremos dejarles a quienes sembrarán esta tierra cuando nosotros ya no estemos?

Quizá esa sea la conversación que debimos comenzar hace muchos años.

Y quizá todavía estamos a tiempo de hacerlo.