Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

Ojalá las cifras del campo fueran una realidad

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

Después de escuchar el informe presidencial y leer los mensajes que la secretaria de Agricultura y Desarrollo Rural, Columba López, ha compartido en sus redes sociales sobre los avances y resultados alcanzados en el campo mexicano, no puedo evitar hacerme una serie de preguntas.

Y aclaro desde el principio: ojalá todo lo que se afirma fuera una realidad.

Ojalá los productores de maíz y trigo estuvieran recibiendo los apoyos que se anuncian. Ojalá el crédito estuviera llegando a todos los productores que lo necesitan. Ojalá los costos de producción estuvieran cubiertos con precios justos. Ojalá México estuviera avanzando realmente hacia una mayor soberanía alimentaria y disminuyendo su dependencia de las importaciones.

Porque si todo eso está ocurriendo, los primeros que deberíamos celebrarlo somos precisamente quienes vivimos, conocemos y defendemos al campo mexicano.

Pero entonces me surge una pregunta inevitable:

¿El que está mal soy yo?

¿Será que mi percepción es equivocada cuando veo productores de maíz y trigo enfrentando problemas de rentabilidad?

¿Será mentira que México continúa dependiendo de grandes volúmenes de importaciones de granos?

¿Será que los productores ya tienen acceso suficiente al financiamiento?

¿Será que los precios que reciben realmente permiten recuperar sus costos de producción y obtener una utilidad digna?

¿Será que los programas de apoyo están llegando con la oportunidad y cobertura que se anuncian?

¿Será que el fortalecimiento del maíz nativo es tan grande que pronto podremos dejar de preocuparnos por las importaciones?

Son demasiadas preguntas para ignorarlas.

Y no es la primera vez que sucede. Desde hace años escuchamos informes donde el campo aparece como uno de los grandes beneficiarios de las políticas públicas, mientras que en las parcelas encontramos otra historia.

El problema no es que el Gobierno presuma resultados. El problema aparece cuando esos resultados no coinciden con lo que el productor está viviendo.

Hoy se habla de Cosechando Soberanía, de Producción para el Bienestar, de Fertilizantes para el Bienestar, de Sembrando Vida, de Alimentación para el Bienestar, del programa El Maíz es la Raíz y de los acuerdos de Precio Justo.

Se nos habla de 25 mil productores y pescadores con acceso a financiamiento; de 600 mil campesinos fortalecidos alrededor del maíz nativo; de apoyos a productores de caña, cacao, frijol y maíz, así como a apicultores; de leche accesible para millones de familias.

Todo eso suena bien.

Y precisamente por eso los productores quieren verlo reflejado en el campo.

Porque el agricultor no vive de estadísticas. Vive de sembrar, regar, fertilizar, combatir plagas, pagar jornales, comprar diésel, contratar maquinaria, pagar créditos y finalmente vender su cosecha.

Y ahí es donde aparece la verdadera prueba de cualquier política agropecuaria:

Si las cifras oficiales dicen que estamos avanzando, que el crédito está llegando, que existe una cadena de valor más justa, que se fortalece la soberanía alimentaria y que los productores tienen mejores condiciones, entonces debemos encontrar esas mejoras en las cuentas de los productores.

Porque un productor que termina cada ciclo endeudado no puede hablar de bienestar.

Un productor que deja de sembrar porque no le resulta rentable no puede hablar de soberanía alimentaria.

Un productor que vende por debajo de sus costos no puede hablar de precio justo.

Y un país que necesita importar enormes cantidades de alimentos básicos tampoco puede sentirse satisfecho con haber alcanzado una autosuficiencia que todavía no aparece en los mercados.

Esta frase la hemos repetido muchas veces y seguirá siendo vigente:

El campo no requiere discursos, requiere hechos.

No se trata de estar en contra del Gobierno, ni de negar los programas que sí están funcionando. Tampoco se trata de desconocer los esfuerzos de quienes desde las instituciones trabajan diariamente para atender al sector.

Se trata de algo mucho más sencillo:

Si se afirma que hay crédito, que se conozca cuánto crédito llegó, a cuántos productores, en qué regiones, con qué tasas y bajo qué condiciones.

Si se afirma que existe precio justo, que se conozca cuántos productores realmente recuperaron sus costos y obtuvieron una utilidad.

Si se afirma que avanzamos hacia la soberanía alimentaria, revisemos cuánto producimos y cuánto importamos.

Si se afirma que los apoyos están transformando al campo, preguntémosle directamente al productor si su situación económica mejoró.

Porque el mejor auditor de la política agropecuaria no está detrás de un escritorio.

Está en la parcela.

Quiero ser muy claro: quienes estamos señalando las carencias del campo no deseamos que los programas fracasen.

Todo lo contrario.

Queremos que tengan éxito.

Queremos que la secretaria tenga razón cuando afirma que el campo mexicano está avanzando.

Queremos que las cifras del informe presidencial sean ciertas.

Queremos que los productores tengan crédito.

Queremos precios que permitan producir.

Queremos fertilizantes accesibles y oportunos.

Queremos que el maíz mexicano se fortalezca.

Queremos menos dependencia de las importaciones.

Queremos que los jóvenes encuentren en el campo una actividad rentable y con futuro.

Queremos, en pocas palabras, un campo mexicano fuerte, rentable y con verdadera soberanía alimentaria.

Por eso no debemos tomar las críticas como un ataque.

Las críticas del productor deben ser vistas como una oportunidad para corregir lo que no está funcionando.

Porque si las cifras oficiales son correctas, entonces habrá que acercarlas todavía más a quienes trabajan la tierra.

Y si no lo son, habrá que reconocerlo y corregir el rumbo.

Eso también es transformar.

México necesita producir sus alimentos. Necesita agricultores rentables. Necesita financiamiento. Necesita infraestructura, seguridad, agua, tecnología, investigación, comercialización y políticas públicas que tengan continuidad.

Y sobre todo necesita algo que no aparece fácilmente en los informes:

rentabilidad.

Porque mientras un productor no pueda vivir dignamente de producir alimentos, estaremos hablando de muchas cosas, pero no de una verdadera transformación del campo.

Por eso, frente a cada cifra anunciada, la pregunta debe ser sencilla:

¿Ya llegó al productor?

Si la respuesta es sí, hay que reconocerlo y fortalecerlo.

Si la respuesta es no, hay que corregirlo.

Y si todavía estamos a mitad del camino, entonces digámoslo con honestidad.

Porque los agricultores mexicanos no quieren que el Gobierno pierda.

Quieren que México gane.

Y si las cifras anunciadas en el informe presidencial realmente están transformando al campo, seremos los primeros en reconocerlo.

Ojalá sea así.

Ojalá mañana, cuando volvamos a recorrer las parcelas, podamos encontrar que aquello que se anuncia desde los escritorios finalmente se convirtió en una realidad en el surco.

Porque al final, el campo no se transforma con discursos. Se transforma cuando al productor le salen las cuentas.