
Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Durante años hemos escuchado que el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá es una herramienta indispensable para el desarrollo económico de los tres países. También hemos escuchado que el libre comercio genera oportunidades, competitividad y crecimiento. En buena medida, eso es cierto.
Sin embargo, cuando uno deja la oficina, se pone las botas y camina una parcela en plena cosecha, la realidad se observa desde otra perspectiva.
Hace apenas unos días tuve la oportunidad de estar en una trilla de maíz blanco en el Valle de Mexicali. Posteriormente, en una mesa de negociación entre productores y compradores, escuché nuevamente una historia que se repite año tras año: precios que no cubren los costos de producción, ofertas insuficientes para generar rentabilidad y productores que no encuentran respuesta a una pregunta elemental: ¿vale la pena volver a sembrar?
La preocupación no es menor
En los reportes semanales de exportaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), México aparece de manera constante entre los principales compradores de maíz, trigo y soya. No se trata de una casualidad ni de un fenómeno temporal. Es una tendencia estructural que se ha venido consolidando en los últimos años.
Las cifras son contundentes
El propio USDA proyecta importaciones mexicanas de maíz cercanas a los 27 millones de toneladas, niveles históricamente elevados. A su vez, las propias autoridades mexicanas han reconocido que solamente en maíz amarillo el país requiere importar alrededor de 22.9 millones de toneladas para abastecer la industria pecuaria y de alimentos balanceados.
A ello se suma un crecimiento constante de las compras de soya y otros granos, impulsado por la expansión de la producción de carne, huevo y leche en México.
El problema no es importar
Todos los países del mundo comercian.
La verdadera pregunta es otra: ¿las importaciones están complementando la producción nacional o están sustituyendo lo que antes producíamos en el campo mexicano?
Porque cuando el maíz importado llega al país a precios que sirven de referencia para los compradores nacionales, los efectos se sienten inmediatamente en regiones productoras como Baja California.
Los productores de maíz blanco y amarillo del Valle de Mexicali hoy compiten no solamente contra las condiciones climáticas, los altos costos de producción y la escasez de financiamiento. También compiten contra un mercado internacional donde el precio de referencia se forma en la Bolsa de Chicago y donde el maíz estadounidense llega con ventajas que muchas veces resultan imposibles de igualar.
El resultado es conocido
Precios de compra que no cubren los costos de producción.
Rentabilidades negativas.
Y productores que comienzan a cuestionarse si vale la pena continuar sembrando.
La situación se vuelve todavía más preocupante cuando observamos el contexto político y comercial.
Recientemente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró que la renovación del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá es más importante para México y Canadá que para su propio país. Incluso llegó a señalar que preferiría que Estados Unidos fuera independiente y que no necesita a sus socios comerciales norteamericanos.
Las declaraciones pueden formar parte de una estrategia política o de negociación, pero revelan una realidad que los productores estadounidenses entienden perfectamente: su gobierno está dispuesto a utilizar todos los instrumentos posibles para defender los intereses de su sector productivo.
Paradójicamente, mientras Trump cuestiona públicamente el acuerdo, agricultores, ganaderos, fabricantes y empresarios estadounidenses han salido a defenderlo. Lo hacen porque saben que el tratado les ha permitido incrementar exportaciones, consolidar mercados y fortalecer cadenas productivas altamente integradas.
Los propios líderes agrícolas de Estados Unidos reconocen que México y Canadá son fundamentales para su actividad económica.
Y tienen razón.
México se ha convertido en uno de los principales compradores de productos agrícolas estadounidenses.
La pregunta obligada es: ¿quién está defendiendo con la misma intensidad a los productores mexicanos?
Porque mientras Estados Unidos subsidia, financia, asegura ingresos y fortalece la competitividad de sus agricultores, en México observamos una realidad distinta.
Desapareció la Financiera
Nacional de Desarrollo
Los esquemas de cobertura son insuficientes.
La comercialización continúa siendo una asignatura pendiente.
Y la política agrícola parece más enfocada en administrar problemas que en construir soluciones de largo plazo.
Se habla constantemente de soberanía alimentaria.
Sin embargo, cada año dependemos más de las importaciones de granos básicos.
Se habla de autosuficiencia.
Pero las cifras muestran una dependencia creciente del exterior.
Se habla de apoyar al productor.
Pero los productores continúan enfrentando mercados donde los precios no reflejan el esfuerzo, la inversión ni el riesgo asumido.
Por eso la discusión ya no debe centrarse únicamente en cuántas toneladas importamos.
La verdadera discusión debe ser qué estrategia nacional existe para garantizar que la producción mexicana siga siendo viable.
México necesita con urgencia un Plan Nacional para el Campo.
Un plan que contemple financiamiento accesible, esquemas modernos de comercialización, administración de riesgos, inversión en tecnología, infraestructura y, sobre todo, una rectoría fuerte por parte del Estado que permita equilibrar la competencia entre la producción nacional y las importaciones.
No se trata de cerrar fronteras ni de romper acuerdos comerciales.
Se trata de hacer lo mismo que hacen nuestros socios comerciales: defender a sus productores.
Porque si seguimos transitando por el camino actual, la pregunta que escuché en aquella parcela del Valle de Mexicali comenzará a repetirse en muchas regiones agrícolas del país.
Y es una pregunta que debería preocuparnos a todos.
Si hoy no hay rentabilidad para el productor…
¿la próxima temporada qué vamos a sembrar?

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