Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

Cuando el futbol también hace política

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

Pocas veces incluyo en mis comentarios temas deportivos, y mucho menos de futbol. Salvo cuando mi buen amigo y americanista Carlos Medina llama a la cabina de radio para debatir sobre la jornada, normalmente prefiero escribir sobre agricultura, economía o política.

Sin embargo, el Mundial de la FIFA 2026 merece una excepción.

Y no solamente por el futbol.

Fue un campeonato donde se habló de política, diplomacia, economía, arbitraje, corrupción, nacionalismo y, por supuesto, también de grandes partidos.

Desde su origen fue un 

Mundial diferente

El 6 de julio de 2017, las federaciones de Estados Unidos, México y Canadá anunciaron una candidatura conjunta para organizar la Copa del Mundo. Un año después, el 13 de junio de 2018, durante el Congreso de la FIFA celebrado en Moscú, la propuesta denominada United 2026 derrotó a Marruecos y obtuvo la sede del torneo.

En aquel entonces México era gobernado por Enrique Peña Nieto. Con el cambio de gobierno y la llegada de Andrés Manuel López Obrador surgieron voces que incluso especulaban con la posibilidad de que nuestro país abandonara el proyecto, algo que finalmente nunca ocurrió.

Una selección que sorprendió

En lo estrictamente futbolístico, debo reconocer que yo era de los escépticos.

Las actuaciones previas de la Selección Mexicana y los resultados obtenidos durante la preparación, aun con el regreso de Javier Aguirre, no invitaban al optimismo.

Me equivoqué

México terminó primero de su grupo, ganó sus tres encuentros y llegó, por fin, al tan mencionado quinto partido. Ahí Inglaterra terminó eliminando al equipo nacional, pero dejando la sensación de que esta generación había competido con personalidad y había superado ampliamente las expectativas.

En contraste, hubo selecciones que quedaron muy lejos de lo esperado.

Alemania, Países Bajos y Japón decepcionaron, pero para mí la mayor desilusión fue Francia, un equipo que muchos colocaban como favorito para levantar la Copa del Mundo.

España terminó siendo 

un campeón legítimo

Fue creciendo partido tras partido hasta realizar una extraordinaria final frente a Argentina, donde logró algo que parecía imposible: mantener durante noventa minutos a una de las ofensivas más poderosas del torneo sin un solo disparo a puerta.

Cuando el arbitraje roba los reflectores

Argentina merece un análisis aparte.

Nadie puede negar la enorme calidad futbolística de esa selección.

Tiene grandes jugadores y Lionel Messi continúa siendo uno de los mejores futbolistas que ha visto este deporte.

Sin embargo, el extraordinario desempeño dentro de la cancha terminó opacado por una controversia que acompañó prácticamente todo el campeonato.

Las decisiones arbitrales

Durante semanas las redes sociales, analistas y aficionados debatieron una y otra vez sobre marcaciones que, para muchos, favorecieron sistemáticamente al conjunto argentino, especialmente durante el encuentro frente a Egipto.

Las especulaciones crecieron al grado de aparecer versiones sobre posibles revisiones administrativas a la Federación Argentina y una interminable cantidad de memes que insinuaban un supuesto favoritismo del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, hacia la albiceleste.

Más allá de que esas versiones puedan o no confirmarse algún día, lo cierto es que la percepción terminó afectando la imagen del equipo.

Y en el futbol moderno, muchas veces la percepción pesa tanto como la realidad.

El problema no fue el futbol

Argentina llegó a este Mundial después de años difíciles en lo político y en lo económico.

Era natural que millones de argentinos encontraran en su selección una ilusión colectiva.

Eso ocurre en cualquier país.

Lo lamentable fue que algunos jugadores, comentaristas y aficionados terminaron alimentando una imagen de soberbia que provocó un rechazo creciente alrededor del mundo.

Hubo comentarios ofensivos, expresiones racistas y una actitud que fue generando una animadversión cada vez mayor hacia la selección argentina.

El propio partido final terminó con un conato de bronca iniciado por Leandro Paredes y durante la ceremonia de premiación varios gestos hacia las autoridades también llamaron la atención.

He leído incluso peticiones para expulsar a Argentina de futuras competencias y fuertes descalificaciones hacia Lionel Messi.

Con ninguna de las 

dos posturas coincido

Si algún día una investigación oficial demostrara irregularidades institucionales, entonces corresponderían las sanciones respectivas.

Mientras eso no ocurra, Argentina sigue siendo una potencia futbolística que merece respeto.

Messi y Maradona

Sé que lo que voy a escribir provocará desacuerdos.

Para mí, Lionel Messi es mejor que Diego Armando Maradona.

Y no me refiero únicamente al futbol.

Dentro de la cancha ambos marcaron una época, pero fuera de ella encuentro diferencias importantes.

Messi ha construido una trayectoria caracterizada por la estabilidad familiar, el trabajo constante y un comportamiento público ejemplar.

No ha vivido rodeado de escándalos personales, ni de los excesos que terminaron acompañando la vida de Maradona.

Cada quien tendrá su opinión sobre quién fue el mejor futbolista.

La mía considera también la calidad humana.

Y en ese terreno, Messi sale ampliamente vencedor.

La política también jugó el Mundial

El primer gran episodio político ocurrió cuando la presidenta Claudia Sheinbaum anunció que no asistiría a la inauguración.

Explicó que no compartía un evento que, debido al elevado costo de los boletos, se había convertido en un espectáculo reservado para quienes podían pagar miles de dólares por una entrada. Incluso informó que el boleto que la FIFA le había obsequiado sería entregado mediante una rifa.

Semanas después ocurrió exactamente lo contrario.

La Presidenta asistió a la clausura del Mundial, ocupó un lugar en el palco de honor y participó en la ceremonia de premiación.

¿Tiene algo de malo?

Desde luego que no.

Tratándose de un Mundial organizado conjuntamente por México, Estados Unidos y Canadá, resultaba lógico que el jefe de Estado mexicano estuviera presente en el cierre del torneo.

Lo contradictorio fue la explicación

Primero se rechazó la inauguración porque era un evento para los ricos o los «fifís»; después se justificó la asistencia a la final argumentando que se trataba de una invitación del presidente Donald Trump y que respondía a un acto diplomático.

Cada lector sacará sus propias conclusiones.

El silbatazo final

Cuando terminó el Mundial, también terminó la fiesta.

Nos quedamos con una España campeona por méritos propios.

Con una Selección Mexicana que volvió a ilusionar a millones de aficionados.

Con una Argentina extraordinaria en el aspecto futbolístico, pero profundamente cuestionada por todo lo que ocurrió alrededor de ella.

Con la despedida mundialista de figuras históricas como Cristiano Ronaldo y Lionel Messi.

Y con una Presidente que decidió no asistir a la inauguración, pero sí a la clausura.

Al final comprendimos, una vez más, que un Mundial nunca es solamente futbol.

Durante un mes, el balón une países, despierta patriotismos, genera debates políticos y convierte a millones de personas en analistas, árbitros y entrenadores.

Pero cuando cae el último silbatazo, la euforia desaparece.

Los estadios se vacían, las banderas se guardan, los campeones celebran y los derrotados empiezan a planear la revancha.

Mientras tanto, nosotros volvemos a la realidad de siempre. A esa donde no existe el VAR para corregir las malas decisiones de los gobiernos; donde no existen los tiempos de hidratación para apoyar a los agricultores, donde no hay tiempo de compensación para recuperar las oportunidades perdidas; donde los errores se pagan con menor crecimiento, menos empleos y más divisiones. 

El Mundial terminó, las pasiones se irán apagando y volveremos a discutir de política, economía y seguridad… hasta que dentro de cuatro años otro balón vuelva a recordarnos que, por un instante, en México fuimos felices.