La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación también aprovechó la inauguración del Mundial para aumentar la presión sobre el Gobierno federal.Durante 19 días, maestros de distintas secciones mantuvieron un plantón en el Zócalo, realizaron bloqueos y amenazaron con afectar las actividades del FIFA Fan Festival.
Por Luz Tl?ltikpakayotl *
Mientras decenas de miles de aficionados caminaban hacia el Estadio Azteca, un grupo de familias avanzaba por Calzada de Tlalpan con fotografías pegadas al pecho. No llevaban boletos. Llevaban nombres.
Jhonatan, Olin, Ana, Mayra, Juan. Hijos, hermanos y padres que un día salieron de casa y no volvieron. Personas convertidas primero en ausencias, después en carpetas de investigación y, con demasiada frecuencia, en expedientes detenidos.
La marcha se realizó el 11 de junio de 2026, durante la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA. Los familiares salieron de las inmediaciones del Metro Taxqueña y trataron de acercarse al estadio. Frente a ellos encontraron vallas y filas de policías asignados al operativo de seguridad del torneo.
La escena resumió dos países que existen al mismo tiempo. Uno recibía al mundo, estrenaba infraestructura y celebraba que el balón volviera a rodar en el estadio donde Pelé y Maradona construyeron parte de su leyenda. El otro buscaba a más de 133,000 personas y pedía permiso para mostrar sus fotografías cerca de la transmisión deportiva más importante del planeta.
“No queremos boicotear el Mundial”, explicó Leticia Martínez, quien busca a su hermano Juan, desaparecido desde octubre de 2024 después de realizar un viaje como taxista al Estado de México. “Queremos simplemente alzar la voz”.
Esa frase desmonta una parte del discurso oficial y también algunos prejuicios de los aficionados. Las familias no marcharon contra el futbol. Marcharon contra el olvido.
LA ÚLTIMA MILLA TERMINÓ CONVERTIDA EN UNA FRONTERA
El Gobierno de la Ciudad de México instaló alrededor del Estadio Azteca un perímetro de seguridad conocido como “Última Milla”. El acceso vehicular fue restringido y únicamente pudieron ingresar peatones con boleto, residentes acreditados y vehículos autorizados.
La medida respondía a una necesidad real. Un partido inaugural con decenas de miles de personas exige rutas de evacuación, controles de acceso, atención médica y capacidad de respuesta frente a emergencias.
Pero el dispositivo también tuvo un efecto político: convirtió las calles alrededor del estadio en un espacio al que no todas las voces podían llegar. Las autoridades calificaron el recinto como una instalación de seguridad nacional durante el torneo. La frase elevó el nivel de protección, pero también colocó a quienes protestaban ante una estructura difícil de cuestionar. Frente a una instalación protegida bajo esa categoría, cualquier bloqueo, marcha o intento de aproximación podía presentarse como riesgo operativo.
El despliegue específico para el estadio y el FIFA Fan Festival del Zócalo contempló 11,219 elementos de seguridad y emergencia, además de más de mil vehículos. El operativo general de la capital durante el Mundial involucró a más de 56,000 policías en estadios, zonas turísticas, hoteles, aeropuertos, corredores de movilidad y eventos públicos.
La magnitud debe entenderse correctamente. No había 56,000 agentes rodeando a las madres buscadoras ni 10,000 policías dedicados exclusivamente a mantenerlas lejos del estadio. Se trataba de un dispositivo distribuido por la ciudad durante varias semanas. Aun así, las imágenes de mujeres contenidas por un muro de escudos resultaron difíciles de justificar ante una crisis humanitaria de esa dimensión.
Vicky Ponce, una de las manifestantes, lloró frente a los agentes mientras pedía que les permitieran avanzar. Su petición no era entrar al partido ni interrumpirlo. Quería que las cámaras internacionales vieran las fotografías.
“Solo queremos llegar”, repetía. Cuando un Estado puede organizar la circulación de decenas de miles de aficionados, instalar filtros tecnológicos y desplegar miles de policías, pero no puede decirle a una madre dónde está su hijo, la comparación se vuelve inevitable.
LA CIFRA QUE NO DEBE INFLARSE
En el planteamiento inicial de las movilizaciones comenzó a circular una cifra de más de 1,500 activistas y familiares alrededor del estadio. No hay registros oficiales ni reportes periodísticos suficientemente sólidos que permitan sostenerla.
Eso no reduce la importancia de la protesta. El peso de la movilización no dependía de llenar una avenida. Dependía del contraste que produjo. Unas decenas o cientos de personas con fotografías pueden interpelar a un país con mayor fuerza que una multitud cuando detrás de cada imagen existe una investigación inconclusa.
El periodismo debe resistir la tentación de inflar las cifras para hacer más dramática una causa que ya es grave por sí misma. México no necesita 1,500 madres frente a un estadio para reconocer una tragedia. Le bastan las más de 133,000 personas registradas oficialmente como desaparecidas o no localizadas.
El mismo criterio debe aplicarse a la afirmación de que las protestas buscaban alcanzar a corresponsales de más de 150 cadenas de televisión extranjeras. El Mundial sí movilizó a miles de periodistas y equipos de producción de numerosos países. Sin embargo, no existe un dato público verificable que confirme ese número exacto de cadenas presentes en las inmediaciones de la marcha.
Las familias querían aprovechar la atención internacional. Eso está documentado. El número preciso de medios que pudieron verlas, no.
LOS DESAPARECIDOS TAMBIÉN APARECIERON EN ESTAMPAS
La protesta no se limitó a la Ciudad de México. En Guadalajara, el colectivo Luz de Esperanza convirtió las fotografías de personas desaparecidas en estampas semejantes a las de los álbumes mundialistas. En lugar del nombre de un futbolista, cada tarjeta mostraba el rostro de una persona buscada, vestida en algunos casos con la camiseta de la selección mexicana y acompañada por la palabra “Desaparecido”.
La idea era sencilla y dolorosa. En una temporada en la que millones de personas intercambian imágenes de jugadores, las familias pedían mirar otros rostros.
María de Jesús Solís y Guadalupe Rivera, madres de jóvenes desaparecidos, participaron en esa campaña. Como ocurre con muchos colectivos, ellas mismas realizan búsquedas de campo, reparten fichas y pagan traslados que deberían formar parte de una respuesta institucional robusta.
Guadalupe expresó el malestar que atraviesa a muchas familias: mientras se destinan recursos extraordinarios al Mundial, las madres continúan buscando con herramientas propias y aportaciones solidarias.
No es una objeción simplista contra la inversión deportiva. Una ciudad anfitriona debe mejorar el transporte, reparar espacios públicos y brindar seguridad. El problema aparece cuando esas capacidades solo se vuelven visibles porque llegan turistas, mientras las fiscalías, comisiones de búsqueda y servicios forenses siguen sin recursos suficientes o sin coordinación efectiva.
Las familias no piden que el estadio permanezca abandonado. Preguntan por qué el país puede cumplir con las exigencias de un organismo deportivo internacional y no con las obligaciones adquiridas frente a sus propios ciudadanos.
LA CNTE ENTENDIÓ LA FUERZA DEL CALENDARIO
La Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación también aprovechó la inauguración del Mundial para aumentar la presión sobre el Gobierno federal.Durante 19 días, maestros de distintas secciones mantuvieron un plantón en el Zócalo, realizaron bloqueos y amenazaron con afectar las actividades del FIFA Fan Festival. Entre sus demandas se encontraban la derogación de la Ley del ISSSTE de 2007, mejoras salariales, cambios al sistema de pensiones y una reunión directa con la presidenta Claudia Sheinbaum. La consigna “Si no hay solución, el balón no rodará” dejó clara su estrategia.
El Zócalo no era únicamente una plaza pública. Se había convertido en uno de los escaparates oficiales del Mundial. La presencia de la CNTE obligaba al Gobierno a elegir entre negociar, desalojar o convivir con la protesta frente a las cámaras.
En las horas previas a la inauguración, la apertura del Fan Fest permaneció en duda. También estuvo en suspenso la asistencia de la presidenta. Finalmente, el evento abrió, aunque el plantón magisterial continuó y la negociación se volvió parte inseparable de la jornada deportiva.
La CNTE realizó después bloqueos en vialidades como Calzada Acoxpa, una de las rutas relacionadas con el acceso al Estadio Azteca. Las protestas provocaron afectaciones de tránsito y obligaron a recomendar rutas alternas.
El movimiento levantó el plantón el 20 de junio, después de casi tres semanas. El repliegue ocurrió tras negociaciones que incluyeron, según reportes periodísticos, un apoyo extraordinario de 800 millones de pesos para Oaxaca y bonos para docentes de Ciudad de México y Guerrero.
No puede decirse que el conflicto haya quedado resuelto. La Coordinadora mantiene sus exigencias sobre pensiones, salarios y legislación educativa. El Mundial le permitió obtener atención, abrir canales de negociación y elevar el costo político de ignorarla. No garantizó la transformación estructural que reclama.
NO TODAS LAS PROTESTAS FUERON IGUALES
En los alrededores del estadio también se registraron enfrentamientos entre policías y grupos de manifestantes, incluidos integrantes del llamado bloque negro. Hubo agresiones con piedras y objetos, vallas derribadas, agentes lesionados y personas detenidas.
Es indispensable separar estos hechos de la marcha pacífica de las familias buscadoras. Mezclarlos bajo la etiqueta general de “protestas violentas” perjudica a quienes caminaron con fotografías y realizaron un pase de lista. También impide evaluar de manera seria la actuación de las autoridades y de los grupos que optaron por la confrontación.
Amnistía Internacional pidió a las autoridades mexicanas garantizar el derecho de las familias a manifestarse y expresó preocupación por las restricciones y hechos ocurridos durante las movilizaciones.
El Estado tiene la obligación de mantener la seguridad en un evento masivo. También debe distinguir entre una amenaza real y una expresión pública incómoda.
Un cartel con el rostro de una persona desaparecida no pone en riesgo un partido. Una madre que intenta acercarse a un estadio no es una amenaza para la seguridad nacional.
LA FIFA Y LA TENTACIÓN DE LA CIUDAD LIMPIA
Los megaeventos deportivos suelen construir perímetros controlados. Dentro de ellos, las marcas, la señal televisiva y la experiencia del visitante se administran con gran precisión.
La ciudad anfitriona debe verse ordenada. Las rutas deben permanecer abiertas. Los espacios oficiales no pueden ser ocupados por publicidad no autorizada. Las protestas, campamentos y problemas sociales son tratados con frecuencia como elementos que alteran la imagen.
Esa lógica puede ser comprensible desde la organización de un espectáculo. Se vuelve peligrosa cuando las autoridades públicas la adoptan como criterio de gobierno.
La calle no pertenece a la FIFA. Los contratos y protocolos del torneo no pueden desplazar los derechos constitucionales. La libertad de expresión, la manifestación pacífica y la exigencia de justicia no desaparecen al cruzar un anillo de seguridad, aunque puedan estar sujetas a medidas proporcionales para proteger a los asistentes.
La pregunta central no es si una protesta incomoda a los turistas. Es si puede realizarse sin poner en peligro a otros y sin ser silenciada por razones de imagen.
Una democracia no se demuestra ocultando sus conflictos ante los visitantes. Se demuestra permitiendo que quienes padecen una injusticia hablen sin ser golpeados, criminalizados ni borrados de la fotografía.
EL MUNDIAL COMO CAJA DE RESONANCIA
La doctora Marisol López Menéndez, académica de la Universidad Iberoamericana, explicó antes de la inauguración que colectivos como la CNTE, las familias buscadoras y los padres de los normalistas de Ayotzinapa utilizarían el Mundial como escaparate ante la falta de interlocución efectiva con las autoridades.
No se trata de una estrategia nueva. Los movimientos sociales aprovechan inauguraciones, visitas presidenciales, cumbres internacionales y eventos deportivos porque ahí se concentran las cámaras. Cuando una denuncia ha sido repetida durante años sin respuesta, la interrupción se vuelve una forma de conseguir atención.
Esto provoca una tensión legítima. Los aficionados tienen derecho a acudir a un partido sin quedar atrapados durante horas en un bloqueo. Los trabajadores necesitan llegar a sus empleos. Los servicios de emergencia requieren rutas libres. La protesta no otorga permiso para poner en riesgo a terceros.
Pero esa tensión no puede analizarse sin preguntar por qué un grupo necesita llegar al Mundial para ser escuchado. Cuando las instituciones atienden tarde, el conflicto se traslada al espacio donde el Gobierno resulta más vulnerable. La protesta busca precisamente alterar la normalidad porque la normalidad ha sido incapaz de resolver la injusticia.
EL COSTO DE UNA POSTAL PERFECTA
La Ciudad de México realizó una inversión multimillonaria en infraestructura, movilidad, imagen urbana y servicios relacionados con el Mundial. Parte de esas obras permanecerá y puede beneficiar a quienes viven en la capital.
El problema no está en pintar una calle, rehabilitar un parque o mejorar una estación. Está en la diferencia entre la urgencia mundialista y la lentitud cotidiana.
Para una madre buscadora, el contraste es brutal. Ve cuadrillas reparando avenidas durante la noche porque una delegación internacional pasará por ahí. Después recuerda las semanas que una fiscalía tarda en obtener un video, solicitar una geolocalización o desplegar una búsqueda.
Ve miles de policías coordinados para vigilar un estadio. Después regresa al municipio donde un agente le dice que espere 72 horas para denunciar una desaparición, aunque ese plazo carezca de fundamento.
Ve campañas promocionales sobre la hospitalidad mexicana mientras pega por su cuenta una ficha que puede ser retirada por personal de limpieza urbana.
El verdadero legado del Mundial no debería medirse solo en visitantes, ocupación hotelera o derrama económica. Tendría que evaluarse en la capacidad institucional que quede después: cámaras conectadas, mejores protocolos de emergencia, transporte accesible y cuerpos de seguridad capaces de coordinarse todos los días, no únicamente cuando la FIFA observa. Si esa capacidad existe para el torneo, debe existir para buscar personas.
UNA MIRADA CREYENTE ANTE LAS DOS CARAS DE LA CIUDAD
Una persona creyente puede disfrutar un partido, celebrar un gol y agradecer la posibilidad de encontrarse con personas de otros países. No tiene que rechazar la fiesta para reconocer el dolor.
Pero tampoco puede pasar junto a una madre con una fotografía y fingir que su historia estorba. La alegría verdadera no necesita expulsar a quienes sufren. Una comunidad madura puede celebrar y escuchar al mismo tiempo. Puede recibir al visitante sin esconder sus heridas. Puede ordenar la ciudad sin limpiar de ella a los ciudadanos incómodos.
La imagen de una mujer frente a una fila de policías recuerda algo básico: ninguna organización, contrato o espectáculo tiene más valor que una persona.
La seguridad es necesaria. La justicia también. El trabajo de los maestros merece una discusión seria, aunque sus métodos puedan cuestionarse. El derecho de los aficionados importa, pero no puede convertirse en argumento para negar indefinidamente la plaza pública. La búsqueda de los desaparecidos exige mucho más que solidaridad momentánea: necesita presupuesto, peritos, ministerios públicos competentes y funcionarios que traten a las familias con respeto. La compasión que no cambia las instituciones termina siendo una emoción de paso.
CUANDO SE APAGUEN LAS CÁMARAS
El Mundial terminará. Las selecciones se irán, las pantallas serán desmontadas y los policías regresarán a sus sectores habituales.
Las madres seguirán buscando. La CNTE continuará discutiendo pensiones, salarios y condiciones laborales. Las fiscalías conservarán miles de carpetas abiertas. Los colectivos volverán a recorrer terrenos, hospitales, cárceles y servicios forenses.
Por eso el éxito de las protestas no puede medirse únicamente por haber aparecido en medios internacionales. La pregunta es qué obtuvieron después.
¿Se abrieron mesas de trabajo con plazos verificables? ¿Se asignaron recursos a las búsquedas? ¿Se revisaron las investigaciones estancadas? ¿Hubo compromisos laborales sostenibles o solo pagos para liberar el Zócalo? ¿Se investigaron los abusos cometidos durante los operativos? ¿Se establecieron protocolos para proteger la protesta pacífica?
El 11 de junio, México quiso mostrar al mundo su capacidad de organizar una fiesta. Las familias buscadoras mostraron otra capacidad: la de seguir caminando después de años de indiferencia.
El balón rodó. Los partidos continuaron. La ciudad recibió visitantes. Pero durante unas horas, frente a un muro de policías, los nombres de los desaparecidos también entraron al Mundial. Y ahora que el mundo los vio, ya no debería ser tan fácil volver a ocultarlos.
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