¿A qué vino Claudia?
Por Fernando Ruiz del Castillo
Cada vez que la presidenta Claudia Sheinbaum pisa Baja California, el aparato gubernamental se activa como si se tratara de una visita papal. Se limpian algunas calles, se acomodan funcionarios para la fotografía, se organizan eventos multitudinarios y se repite el ritual de los anuncios grandilocuentes. Esta vez no fue la excepción.
Oficialmente vino a inaugurar algunas obras y a anunciar otras más. Anunciar, por cierto, porque en materia de resultados concretos la cosecha fue más bien modesta. Mucha promesa para el futuro, muchas maquetas verbales, muchos proyectos en etapa de buenas intenciones. Lo de siempre.
Pero la pregunta sigue flotando en el ambiente. ¿Realmente vino a eso? Porque Baja California no es cualquier estado. Es uno de los 21 que el próximo año renovarán gubernatura. Y en política las coincidencias existen exactamente lo mismo que los unicornios: en los cuentos.
Resulta difícil creer que la visita presidencial no tiene relación alguna con el proceso sucesorio que ya comenzó, aunque oficialmente nadie quiera reconocerlo. Basta observar el comportamiento de los aspirantes morenistas para entender que la carrera arrancó hace meses y que las reglas impuestas por la dirigencia nacional son vistas como simples sugerencias decorativas. Todos dicen respetarlas. Ninguno las respeta. Todos aparecen encabezando encuestas. Todos se declaran favoritos. Todos aseguran que el pueblo los aclama. Y todos, curiosamente, son víctimas de misteriosos benefactores que les llenan las ciudades de bardas, espectaculares, lonas y campañas digitales sin que ellos sepan quién paga semejante generosidad.
La vieja política del “yo no fui” convertida en doctrina partidista. Es verdaderamente fascinante observar cómo políticos que aspiran a gobernar un estado entero son incapaces de identificar quién pintó cientos de bardas con sus nombres, quién colocó miles de lonas con sus rostros o quién financia campañas permanentes de promoción personal en redes sociales.
La ignorancia selectiva se ha convertido en requisito curricular. Lo más grave no es que violen las reglas. Lo verdaderamente ofensivo es que ni siquiera se molestan en disimularlo. Porque mientras hablan de honestidad, transparencia y transformación, las ciudades terminan convertidas en enormes tablones publicitarios de sus ambiciones personales.
Mexicali, que ya batalla diariamente contra basura, baches, abandono urbano y deterioro visual, ahora también debe soportar una nueva capa de contaminación: la propaganda política disfrazada de espontaneidad ciudadana. Unos más que otros, es cierto. Pero prácticamente todos han encontrado alguna manera de adelantarse.
Y todos lo hacen bajo la cómoda certeza de que no habrá consecuencias. Porque si algo ha quedado demostrado es que las autoridades electorales observan estas prácticas con la misma energía con la que un guardia de museo observa una pared. Sin tocar nada. Sin intervenir. Sin incomodar a nadie.
Por eso resulta ingenuo pensar que la presidenta desconoce lo que ocurre. Claro que lo sabe. Lo saben en Palacio Nacional. Lo saben en Morena. Lo saben los gobiernos estatales. Lo saben los propios aspirantes. La pregunta no es si lo saben. La pregunta es si les importa. Y la respuesta parece evidente.
Si realmente existiera voluntad para poner orden, bastaría una señal política contundente para detener la promoción anticipada. Una sola instrucción. Un mensaje claro. Una consecuencia ejemplar. Pero eso no ocurrirá. Porque el sistema político mexicano tiene una extraordinaria habilidad para combatir las prácticas que realizan sus adversarios y justificar exactamente las mismas cuando benefician a los propios. Antes eran trampas. Ahora son estrategias. Antes eran actos anticipados. Ahora son ejercicios de posicionamiento. Antes eran abusos. Ahora son expresiones ciudadanas.
La semántica siempre encuentra la manera de acomodarse al poder. Por eso es probable que el verdadero propósito de la visita presidencial haya sido mucho más terrenal que la inauguración de obras. Hablar de unidad. Recordar quién toma las decisiones. Pedir disciplina. Evitar fracturas. Y mantener alineados a quienes ya sueñan con despachar desde el Centro de Gobierno. Porque al final del día todos saben cómo termina esta película.
Vendrá el proceso interno. Llegarán las encuestas. Aparecerán los resultados. Y resultará ganador o ganadora quien deba resultar ganador o ganadora. Los demás felicitarán, sonreirán para la fotografía y declararán que la voluntad popular ha hablado con absoluta claridad. Como siempre. Mientras tanto, las bardas seguirán apareciendo. Las lonas seguirán multiplicándose. Los aspirantes seguirán fingiendo sorpresa. Y nosotros seguiremos escuchando que nadie sabe quién las puso.
La única incógnita que permanece sin resolver es si la presidenta vino a inaugurar obras o a supervisar la sucesión. Aunque, siendo honestos, en la política mexicana ambas actividades suelen realizarse en el mismo evento.

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