Por Sonia Domínguez Ramírez
La crisis en el estrecho de Ormuz ha sido advertida por organismos de la Organización de las Naciones Unidas como un fenómeno de doble impacto global: la interrupción del comercio de minerales estratégicos y el encarecimiento de fertilizantes que amenaza con detonar una crisis alimentaria. De acuerdo con análisis retomados por agencias de la ONU, la disrupción en esta ruta, por donde transita cerca del 30 por ciento del comercio mundial de fertilizantes, está elevando precios, retrasando suministros y comprometiendo la producción agrícola en múltiples regiones.
El contexto se da en medio de la tensión entre Estados Unidos e Irán, donde, pese a la extensión de un alto el fuego, persisten riesgos en una vía marítima por la que circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial y una proporción clave de materias primas industriales. La fragilidad del tránsito ha provocado una reducción significativa del flujo comercial, con impactos directos en cadenas de suministro globales.
En este escenario, la ONU advierte que el problema no se limita al petróleo. La interrupción del paso por Ormuz afecta insumos fundamentales como el azufre, indispensable para fertilizantes, así como otros subproductos utilizados en industrias tecnológicas. Esta disrupción compromete la producción de bienes estratégicos, desde alimentos hasta dispositivos electrónicos, al cortar el suministro de materiales esenciales.
De acuerdo con Dario Liguti, director de la División de Energía Sostenible de la Comisión Económica de la ONU para Europa, antes de la crisis unos 140 buques cruzaban diariamente el estrecho transportando estos insumos. El especialista advierte que, si la situación se prolonga, la escasez obligará a reducir la producción de tecnologías como paneles solares, baterías o semiconductores, afectando tanto a la transición energética como a la industria tecnológica global.
Sin embargo, el impacto más inmediato se observa en el sistema alimentario. Organismos como la FAO y la UNCTAD han advertido que la interrupción del tránsito marítimo en Ormuz ha reducido de forma drástica el flujo de fertilizantes, encareciendo insumos clave en plena temporada agrícola. Esta situación, combinada con el alza en los precios de la energía, está elevando los costos de producción de alimentos y reduciendo la disponibilidad de cosechas.
Las consecuencias ya se reflejan en Asia. En Bangladés, el cierre de plantas de fertilizantes ha interrumpido la producción durante el ciclo de cultivo de arroz. En Nepal, el aumento en el precio del diésel ha encarecido tanto el transporte como las actividades agrícolas. La ONU estima que, si la crisis persiste, al menos 9,1 millones de personas adicionales podrían caer en inseguridad alimentaria aguda en la región.
El impacto se agrava en contextos de vulnerabilidad. En Afganistán, los costos logísticos de ayuda humanitaria han aumentado alrededor de 20 por ciento, mientras que en Myanmar las interrupciones en el suministro de combustible han provocado racionamientos que dificultan la distribución de asistencia. En total, 45.5 millones de personas en Asia ya requieren apoyo humanitario, una cifra que podría incrementarse ante la persistencia de la crisis.
Además, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo ha advertido que esta cadena de impactos, energía cara, fertilizantes escasos y alimentos más costosos, podría empujar a millones de personas a la pobreza, evidenciando cómo un bloqueo marítimo puede transformarse rápidamente en una crisis económica y social de gran escala.
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