
Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Mientras en el Valle de Mexicali seguimos discutiendo cómo enfrentar la escasez de agua, al otro lado de la frontera, en el Valle Imperial, los agricultores y su distrito de riego llevan varios años experimentando con una idea que merece ser observada con atención:
¿Qué pasa cuando al productor se le paga por no utilizar temporalmente el agua que tiene disponible?
El Imperial Irrigation District, conocido como IID, opera desde 2024 el Deficit Irrigation Program, DIP, un programa voluntario mediante el cual los agricultores dejan de regar determinados cultivos durante un periodo establecido y reciben una compensación económica por el volumen de agua que se estima conservado.
Para 2026, el programa permite periodos de 45 o 60 días sin riego, entre junio y septiembre, para superficies establecidas de alfalfa, bermuda y Klein grass. Los predios participantes deben cumplir con determinados requisitos de superficie e historial de cultivo.
Pero hay un detalle que me parece particularmente importante para quienes estamos acostumbrados a hablar de hectáreas, metros cúbicos y derechos de agua:
No pagan $334 dólares por acre
La tarifa establecida por IID para 2026 es de $334 dólares por acre-pie de agua conservada, no de $334 por acre de terreno.
La diferencia no es menor.
El propio programa establece cuánto volumen de agua se considera conservado por cada acre, dependiendo del cultivo y de la fecha en que comienza el periodo de descanso.
Por ejemplo, en el programa de 60 días, un acre de alfalfa puede representar entre 1.28 y 1.67 acre-pies de conservación, dependiendo de la fecha de inicio.
Si multiplicamos ese volumen por los $334 dólares por acre-pie, estamos hablando aproximadamente de entre:
$428 y $558 dólares por acre de alfalfa.
En Bermuda grass, las tasas de conservación para 60 días van aproximadamente de 1.36 a 1.49 acre-pies por acre, lo que representa alrededor de $454 a $498 dólares por acre.
Y en Klein grass, las tasas van de aproximadamente 1.66 a 1.79 acre-pies por acre, equivalentes a alrededor de $554 a $598 dólares por acre.
Es decir, el incentivo económico está ligado al agua conservada, no simplemente a la superficie que deja de regarse.
¿Qué hace realmente
el agricultor?
Aquí está una de las características más interesantes del DIP.
No se trata simplemente de que el productor diga: «no voy a regar».
El IID establece controles físicos y administrativos para asegurarse de que el agua efectivamente deje de utilizarse durante el periodo contratado.
En los terrenos participantes se bloquean las compuertas de entrega y también se bloquean electrónicamente las órdenes de agua. Una vez terminado el periodo de descanso, se restablece el servicio.
Cuando existe una entrega compartida que impide cerrar físicamente la compuerta sin afectar a otro usuario, el productor debe colocar una barrera física para evitar que el agua llegue al terreno participante.
n otras palabras: la conservación se mide, se controla y se paga.
Y esto es fundamental.
El agua tiene un
valor económico
El programa del Valle Imperial parte de una realidad: el agua del río Colorado tiene un valor económico y estratégico.
IID señala que la cuenca del río Colorado ha atravesado uno de los periodos de sequía más prolongados de su registro histórico, situación que ha reducido los niveles de almacenamiento en los principales embalses del sistema, particularmente Lake Powell y Lake Mead.
Ante esa situación, Estados Unidos ha destinado recursos federales para incentivar acciones voluntarias de conservación.
El DIP forma parte
de esa estrategia
Y los resultados son importantes.
En 2025 participaron más de 159 productores, con una superficie superior a 150,500 acres, generándose una conservación reportada de 222,384 acre-pies de agua.
Para 2026, IID señala que el programa será más pequeño debido a límites acumulados de financiamiento federal, pero continúa como una herramienta de conservación voluntaria.
Aquí aparece una pregunta interesante para el Valle de Mexicali
No se trata de copiar mecánicamente el modelo estadounidense.
Las condiciones legales, económicas, productivas y de propiedad del agua son diferentes.
Pero sí vale la pena hacernos una pregunta:
¿Por qué nosotros seguimos pensando casi exclusivamente en términos de «ahorrar agua», cuando también deberíamos estar pensando en cuánto vale el agua que dejamos de utilizar?
Porque existe una diferencia fundamental entre decirle al productor:
«Tienes que usar menos agua.»
y decirle:»Si voluntariamente reduces tu consumo en determinada cantidad, bajo reglas claras, medibles y verificables, existe una compensación económica por el agua que efectivamente conserves.»
Son dos conceptos completamente diferentes.
En el primero, la conservación puede sentirse como una imposición.
En el segundo, puede convertirse en una decisión económica del productor.
El punto no es pagar por no producir
Y aquí debemos tener cuidado.
El DIP no significa simplemente pagarle al agricultor para que abandone sus tierras.
El programa está diseñado para realizar un descanso temporal del riego sobre cultivos establecidos y generar una reducción temporal del consumo de agua.
Eso es muy diferente a sacar permanentemente una superficie de producción.
De hecho, una vez terminado el periodo contratado, el IID restablece la posibilidad de solicitar agua para esos terrenos.
Por eso resulta más apropiado hablar de conservación temporal compensada.
¿Cuánto vale un acre-pie?
Aquí aparece otro punto que deberíamos discutir seriamente en el Valle de Mexicali.
Si en el Valle Imperial existe un programa que establece una tarifa de $334 dólares por acre-pie de agua conservada, significa que el agua puede tener un valor económico perfectamente identificable dentro de una política pública de conservación.
Eso no quiere decir que en Mexicali debamos pagar la misma cantidad.
Pero sí deberíamos empezar a preguntarnos:
¿Cuál es el valor económico de un metro cúbico de agua que dejamos de consumir?
Y, sobre todo:
¿Quién se queda con ese valor?
Porque cuando un productor deja de sembrar, reduce su riego o participa en un programa de descanso de tierras, existen consecuencias económicas.
Hay ingresos que deja de recibir.
Hay costos que puede evitar.
Pero también existe un beneficio para el sistema hidráulico.
La discusión entonces debería ser mucho más amplia que simplemente decir «hay que ahorrar agua».
Una lección que
vale la pena observar
El modelo del Valle Imperial tiene varios elementos que considero dignos de análisis:
Primero: la participación es voluntaria.
Segundo: existen reglas previamente establecidas.
Tercero: se determina cuánto volumen de agua se considera conservado.
Cuarto: existen mecanismos para verificar que efectivamente no se utilice el agua durante el periodo contratado.
Quinto: existe una compensación económica vinculada al volumen de agua conservado.
Y algo más importante:
el agricultor conoce las reglas antes de tomar la decisión.
Eso permite convertir la conservación de agua en una decisión productiva y económica.
La pregunta para nosotros
En el Valle de Mexicali tenemos una discusión pendiente.
Tenemos que hablar de infraestructura, eficiencia parcelaria, tecnificación, cultivos, productividad, disponibilidad y derechos de agua.
Pero también debemos comenzar a hablar del valor económico de conservar agua.
Porque si el agua es cada vez más escasa y estratégicamente más importante, conservarla también debería generar valor.
La experiencia del Imperial Irrigation District no ofrece una receta para copiar.
Ofrece algo quizá más importante:
un ejemplo de cómo la conservación puede convertirse en un acuerdo económico entre el sistema hidráulico y el productor.
Y entonces la pregunta deja de ser solamente:
¿Cuánta agua tenemos?
Para convertirse en:
¿Cuánto vale el agua que conservamos y cómo se distribuye ese valor entre quienes hacen posible conservarla?
Esa conversación, tarde o temprano, tendremos que tenerla también en el Valle de Mexicali.
Fuentes: Imperial Irrigation District, Deficit Irrigation Program 2026; IID News Releases, enero y mayo de 2026.

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