La extraordinaria historia de un hombre que soñó con emprender, viajó a Europa en busca de tecnología y construyó en Nayarit una de las grandes industrias textiles de su tiempo

Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Hay lugares que uno visita como turista y hay otros que uno visita para encontrarse con la historia.
Bellavista, Nayarit, pertenece a los segundos.
En mi última visita a Tepic, tuve la oportunidad de conocer este pequeño pueblo, ubicado a unos cuantos kilómetros de la capital nayarita. Mi pariente, el ingeniero Carlos Ledón, conocedor de mi gusto por la historia y, particularmente, por todo lo relacionado con la industria textil, me habló de un lugar que inmediatamente despertó mi curiosidad: la antigua fábrica textil de Bellavista.
—Tienes que conocerla —me dijo.
Y al día siguiente emprendimos el viaje. Nos acompañó mi suegro, Alfonso Sakno, nayarita de nacimiento.
Al llegar a Bellavista apareció ante nuestros ojos una construcción que parece detenida en el tiempo. Sus muros, sus espacios y su arquitectura nos hablan de una época en la que México comenzaba a imaginarse como una nación capaz de producir, industrializarse y crear empresas.

Lamentablemente, ese día había un evento y no pudimos entrar a conocer el museo de la fábrica.
Pero la historia tenía preparada otra sorpresa.
El historiador que apareció durante el desayuno
Después de recorrer el lugar decidimos ir a desayunar.
Fue ahí donde Carlos me presentó a una persona que, hasta ese momento, yo no sabía quién era.
Se trataba del maestro Javier Berakochea, historiador de Bellavista y además propietario del restaurante Los Telares de Bellavista, establecido precisamente en lo que alguna vez fueron espacios vinculados con la vida de los trabajadores de aquella fábrica: viviendas, tienda de raya y salón de actos.
Javier comenzó a hablarnos de Bellavista.
Y entonces sucedió algo extraordinario.
El desayuno terminó convirtiéndose en una clase de historia.
Durante más de dos horas, aquel hombre nos llevó de la mano por la historia de la fábrica, sus empresarios, sus trabajadores, sus conflictos y las circunstancias políticas y económicas que rodearon su nacimiento.
La forma de narrarlo, el conocimiento de cada detalle y, sobre todo, el cariño por su pueblo hizo que el tiempo pasara rápidamente.
Fue entonces cuando comprendí que no estaba frente a la historia de una vieja fábrica.
Estaba frente a la historia de un gran emprendimiento empresarial mexicano prácticamente desconocido para la mayoría de los mexicanos.
Todo comenzó con un sueño empresarial
La historia comienza en la primera mitad del siglo XIX.
México era entonces una nación joven, políticamente convulsionada, con enormes dificultades económicas y prácticamente sin una industria nacional capaz de competir con las grandes potencias manufactureras.
En ese escenario aparece José María Castaños y Llano.
Más que un empresario consolidado, Castaños era un hombre con algo que muchas veces resulta más importante que el capital: el deseo de emprender.
Quería hacer negocios.
Pero no sabía todavía exactamente cuál.
Y aquí aparece una de las grandes figuras del México de aquella época: Lucas Alamán, político, historiador y uno de los principales impulsores de la industrialización mexicana.
Alamán entendía algo fundamental: México no podía depender eternamente de las manufacturas extranjeras. Había que producir.
Y uno de los sectores que recibió especial atención fue precisamente el de los hilados y tejidos de algodón.
Castaños decidió apostar por la industria textil.
Pero no quiso construir simplemente una fábrica.
Quiso buscar lo mejor que existiera en Europa.
Viajó por distintos países hasta llegar a Bélgica, uno de los grandes centros industriales de aquel momento.
Y allí encontró una fábrica que lo impresionó profundamente: Nerlands.
La decisión que tomó después parece salida de una novela de aventuras empresariales.
No solamente adquirió maquinaria.
Según la tradición histórica de Bellavista, decidió trasladar incluso partes de la propia construcción, piedra por piedra, para levantarla nuevamente en tierras mexicanas.
Así nació la fábrica que terminaría llamándose Bellavista, traducción al español del nombre que había tenido aquella planta en Europa.
Pensemos por un momento lo que significaba semejante empresa durante la primera mitad del siglo XIX.
No existían las carreteras modernas.
No existían los grandes sistemas ferroviarios que posteriormente transformarían México.
No había contenedores, grúas portuarias ni cadenas logísticas internacionales.
Transportar maquinaria industrial desde Europa hasta México era una auténtica hazaña.
Y después había que llevarla hasta Nayarit y ponerla a funcionar.
Eso no fue solamente una inversión.
Fue una apuesta extraordinaria por el futuro de México.
La ubicación tampoco fue producto de la casualidad.
Uno de los elementos estratégicos era la cercanía con San Blas, puerto de gran importancia comercial durante aquella época y vinculado históricamente con las rutas transpacíficas y la llamada Nao de China.
El puerto representaba una puerta de entrada y salida para mercancías y personas.
Para una empresa industrial que necesitaba maquinaria, insumos y posteriormente mercados, la logística era fundamental.
Hoy hablamos de cadenas de suministro, corredores comerciales y competitividad logística.
En el siglo XIX, aquellos empresarios también tenían que hacerse exactamente las mismas preguntas:
¿Dónde producir?
¿De dónde traer la materia prima?
¿Cómo transportar la maquinaria?
¿Dónde vender?
¿Cómo llevar el producto al mercado?
La diferencia era que hacerlo entonces requería una dosis enorme de audacia.
Pero la historia empresarial de Castaños y Llano tendría un desenlace temprano.
Apenas unos años después de iniciar operaciones, el fundador falleció.
La empresa enfrentó dificultades y finalmente cayó en bancarrota.
En 1846, la fábrica pasó a manos de Eustaqui Barrón y Guillermo Forbes, empresarios que decidieron continuar con el proyecto industrial.
La historia de los Barrón-Forbes también es fascinante.
Llegaron a convertirse en una de las fuerzas económicas y financieras importantes del México del siglo XIX, participando en actividades comerciales, industriales y financieras.
La fábrica de Bellavista continuó operando y se convirtió en uno de los centros industriales más importantes de la región.
Aquí encontramos otro aspecto que muchas veces olvidamos cuando hablamos de una empresa.
Una fábrica no es solamente una máquina.
Necesita trabajadores
Y los trabajadores necesitan viviendas, alimentos, servicios, espacios de convivencia y lugares donde organizar su vida.
Bellavista terminó desarrollando alrededor de la fábrica toda una comunidad.
Estaban las viviendas de los trabajadores, la tienda de raya y el salón de actos.
La fábrica prácticamente era el corazón económico y social del pueblo.
Llegó a emplear a cientos de trabajadores, en una época en la que las jornadas laborales podían alcanzar 14 y hasta 16 horas diarias.
De Bellavista al mundo
La historia de esta fábrica tampoco terminó limitada al mercado regional.
Bellavista llegó a producir textiles para mercados más amplios y tuvo especial importancia durante los grandes conflictos bélicos internacionales.
Durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la industria textil mexicana tuvo oportunidades de crecimiento debido a la enorme demanda de productos textiles.
La fábrica de Bellavista participó en ese proceso y llegó a producir materiales utilizados para atender necesidades relacionadas con los conflictos bélicos, entre ellos gasas y sábanas.
Y hay otro dato que resulta particularmente interesante desde nuestra perspectiva agropecuaria.
La fábrica necesitaba algodón.
Y no dependía exclusivamente de una pequeña región.
Consumía algodón procedente de distintos estados de la República.
Es decir, detrás de cada pieza de tela había una cadena productiva que comenzaba en el campo mexicano.
El agricultor producía algodón.
El algodón llegaba a la industria.
La industria lo transformaba en hilo y posteriormente en tela.
Y el producto terminado llegaba finalmente al consumidor.
Una verdadera cadena de valor mexicana.
Mientras escuchaba al maestro Javier Berakochea, no pude evitar pensar en una pregunta:
¿Por qué una historia empresarial de esta magnitud no ocupa un lugar mucho más importante en nuestra historia nacional?
México suele contar su historia a través de presidentes, guerras, revoluciones, invasiones y conflictos políticos.
Y, desde luego, todo ello es indispensable para entender al país.
Pero también existe otra historia.
La historia de quienes se atrevieron a emprender.
La historia de quienes trajeron tecnología.
La historia de quienes construyeron fábricas.
La historia de quienes generaron empleos.
La historia de los trabajadores que hicieron funcionar esas industrias.
En ese sentido, José María Castaños y Llano merece un lugar mucho más visible en la historia empresarial de México.
Imaginar que, en una nación que apenas estaba tratando de consolidarse, un empresario tuvo la visión de viajar hasta Europa, encontrar una planta industrial, adquirir su tecnología y trasladarla hasta Nayarit, es sencillamente extraordinario.
La historia de Bellavista no debería quedarse en el pasado.
También tiene algo que decirnos sobre el México actual.
Hoy hablamos constantemente de nearshoring, industrialización, cadenas de suministro, inversión extranjera, contenido nacional, generación de empleos y soberanía productiva.
Hace casi dos siglos, hombres como Castaños y Llano ya estaban intentando resolver algunas de esas mismas preguntas.
¿Cómo hacemos industria en México?
¿Cómo incorporamos tecnología?
¿Cómo generamos empleos?
¿Cómo transformamos nuestras materias primas dentro del país?
Bellavista nos recuerda que México no nació ayer a la actividad industrial.
Hubo hombres que, con enormes dificultades, intentaron construir una industria nacional cuando prácticamente todo estaba por hacerse.
Al terminar aquella larga conversación con el maestro Javier Berakochea, me quedó la sensación de haber descubierto una historia que debería conocerse mucho más allá de Bellavista.
Por eso decidí llamar a esta crónica:
“La Planta Textil Bellavista: el gran emprendimiento empresarial no conocido en México”.
No pretendo presentar a Bellavista únicamente como una antigua fábrica.
Quiero verla como símbolo.
Símbolo de la capacidad de emprender.
De traer tecnología cuando México todavía carecía de ella.
De transformar algodón mexicano en productos industriales.
De crear una comunidad alrededor de una empresa.
Si algún día tienen la oportunidad de visitar Tepic, les recomiendo desviarse unos kilómetros y conocer Bellavista.
Caminen por sus calles.
Observen los viejos edificios.
Imaginen las máquinas funcionando.
Imaginen a los trabajadores entrando a sus jornadas.
Piensen en aquel empresario que decidió traer desde Bélgica la tecnología que soñaba para México.
Y, sobre todo, escuchen a quienes todavía conservan la memoria de este lugar.
Yo tuve la fortuna de hacerlo gracias a mi pariente, el ingeniero Carlos Ledón, quien tuvo la gentileza de llevarnos hasta este extraordinario rincón de Nayarit.
Y tuve además la enorme fortuna de encontrarme con el maestro Javier Berakochea, quien durante más de dos horas nos permitió viajar por la historia de Bellavista.
A ambos, mi agradecimiento.
Y si visitan Bellavista, no dejen de conocer Los Telares de Bellavista, un restaurante que conserva parte de aquella memoria industrial al encontrarse en espacios que alguna vez estuvieron vinculados con la vida de los trabajadores.
Porque quizá eso sea lo más hermoso de la historia:
que algunos lugares no necesitan hablar para contarnos lo que ocurrió.
Sus muros hablan.
Sus piedras hablan.
Sus viejas instalaciones hablan.
Y en Bellavista, todavía se puede escuchar el eco de las máquinas, de los empresarios, de los trabajadores y de un México que, hace casi dos siglos, comenzó a descubrir que también podía convertirse en una nación industrial.
Bellavista no es solamente un pueblo de Nayarit.
Es una página de la historia empresarial y obrera de México que merece ser leída nuevamente.

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