Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Visión Agropecuaria 1120 am.
Cada cierto tiempo, el tema del maíz regresa al debate nacional, envuelto en la discusión sobre si debe o no estar dentro del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. Se repite el mismo argumento de siempre: que los precios internacionales afectan a los productores mexicanos, que las importaciones presionan al mercado interno, o que los acuerdos comerciales ponen en riesgo la autosuficiencia alimentaria.
El verdadero problema no está en el Tratado
Está en nuestra incapacidad para construir un sistema de precios domésticos sólidos, justos y realistas para el maíz blanco, ese grano que es mucho más que una mercancía: es la base cultural, económica y alimentaria del país.
Un cultivo distinto, un mercado distinto
Mientras Estados Unidos y buena parte del mundo producen maíz amarillo, destinado principalmente a la alimentación animal y a la industria del etanol, México produce maíz blanco, destinado al consumo humano: tortillas, harinas, tamales, atoles y todos los derivados que conforman la dieta básica del mexicano.
La diferencia no es menor.
El maíz amarillo se cotiza en la Bolsa de Chicago, como cualquier commodity sujeto a la especulación, los fondos de inversión y los vaivenes del petróleo o del dólar.
El maíz blanco, en cambio, no tiene mercado de futuros internacional: se produce y consume casi exclusivamente en tres países —México, Sudáfrica y en pequeña proporción en Estados Unidos, y su comercio global apenas representa una fracción del total mundial.
Aun así, en México seguimos utilizando como referencia el precio del maíz amarillo de Chicago para determinar el valor del maíz blanco nacional.
Esa práctica, que podría tener sentido como orientación general, se ha convertido en una distorsión estructural que castiga al productor y beneficia a los grandes compradores.
El error de depender de Chicago
El precio del maíz en la Bolsa de Chicago refleja la abundancia o escasez de maíz amarillo para pienso o etanol, no la demanda de harina para tortillas.
Cuando cae el precio internacional por exceso de oferta de maíz amarillo, el productor mexicano de maíz blanco sufre las consecuencias, aun cuando el consumo doméstico se mantenga estable o incluso en aumento.
Se trata de un sinsentido económico
México es el principal productor y consumidor de maíz blanco del mundo; su precio debería formarse con base en sus propios costos de producción, productividad y rentabilidad esperada, no en las fluctuaciones de un mercado ajeno.
El país necesita construir un sistema nacional de referencia de precios del maíz blanco, anclado en la realidad productiva de las regiones y no en las pantallas de Chicago.
Un precio que:
* Reconozca los costos reales de producción, incluyendo fertilizantes, energía, agua y mano de obra.
* Garantice rentabilidad, de modo que el productor pueda sostener su actividad y mejorar su productividad.
* Incorpore incentivos a la calidad, pues el maíz blanco mexicano es diverso, con alto valor cultural y genético.
* Se base en contratos domésticos, que reflejen las condiciones del mercado interno y el costo de reposición de importaciones reales (Sudáfrica, EUA o Argentina).
El reto no es el Tratado, es la política interna
El maíz blanco no necesita protección arancelaria, necesita coherencia económica.
Mientras el Gobierno, la industria y los productores sigan mirando a Chicago para fijar precios, México seguirá importando criterios que no reflejan su realidad.
Lo que debemos hacer no es salir del Tratado, sino entrar de lleno a la discusión de cómo construir un precio justo y sostenible para el grano que nos alimenta.
Porque el valor del maíz blanco no se mide en dólares por tonelada, sino en la capacidad de sostener a millones de familias que viven de su cultivo y en la seguridad alimentaria de un país entero.
En síntesis:
No debemos preocuparnos por si el maíz está o no dentro del Tratado de Libre Comercio.
Debemos ocuparnos en establecer un precio doméstico justo y rentable para el maíz blanco mexicano, un producto especial, único en el mundo, que se cultiva con el esfuerzo de nuestros productores y con la raíz viva de nuestra identidad.

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