Del discurso de la sequía a la construcción de soluciones

Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Durante años hemos escuchado advertencias sobre la disminución de los escurrimientos del Río Colorado, la reducción de los niveles de almacenamiento en los lagos Mead y Powell, y los efectos que el cambio climático tendría sobre la principal fuente de agua del noroeste de México y del suroeste de Estados Unidos.
Muchos consideraron aquellas advertencias como escenarios lejanos. Hoy son una realidad.
Recuerdo que alrededor de 2006, cuando participaba en el Consejo Agropecuario, un estudio elaborado por la Universidad Autónoma de Baja California señalaba dos grandes amenazas para el Distrito de Riego 014 Río Colorado: el crecimiento acelerado de las ciudades, particularmente en la zona costa de Baja California, y la disminución de la disponibilidad de agua en la Cuenca del Río Colorado.
Desde entonces se hablaba de la necesidad de construir una estrategia de largo plazo para enfrentar ambos desafíos. Han transcurrido casi veinte años y, lamentablemente, seguimos reaccionando a los problemas en lugar de anticiparnos a ellos.
Lo que en aquel momento parecía una advertencia académica, hoy se ha convertido en una realidad que está redefiniendo el futuro de la agricultura en el Valle de Mexicali y en toda la región fronteriza.
Después del sismo de 2010 comenzaron a surgir nuevos acuerdos binacionales, entre ellos las Actas 319, 323 y posteriormente la 330 de la Comisión Internacional de Límites y Aguas. Todas ellas tenían un denominador común: reconocer que el sistema del Río Colorado ya no podía garantizar indefinidamente las mismas entregas de agua que históricamente habían recibido los usuarios de ambos países.
Desde entonces sostuve una posición que hoy parece confirmarse: cualquier reducción importante en las asignaciones de agua terminará impactando principalmente a la agricultura y no a las ciudades.
Es importante decirlo con claridad. En toda política hídrica moderna, el consumo humano ocupa el primer lugar en la escala de prioridades. Cuando existe escasez, los gobiernos protegen primero el abastecimiento de las zonas urbanas, después los servicios públicos y finalmente los usos productivos. Esa ha sido la realidad en México, en Estados Unidos y prácticamente en cualquier región del mundo.
Por ello resulta preocupante que todavía existan interpretaciones que presentan la totalidad de la dotación del Tratado de 1944 como si estuviera destinada principalmente al abastecimiento urbano. Históricamente, la asignación de 1,850 millones de metros cúbicos anuales permitió el desarrollo agrícola del Valle de Mexicali y del Valle de San Luis Río Colorado. Fue esa agua la que permitió convertir una región desértica en una de las zonas agrícolas más productivas del país.
Sin embargo, la realidad agrícola de hoy es muy distinta a la que existía cuando se firmó el tratado. Durante décadas se hablaba de una superficie potencial de alrededor de 180 mil hectáreas en el Valle de Mexicali y cerca de 27 mil hectáreas en San Luis Río Colorado. En el ciclo agrícola 2025-2026 se programaron alrededor de 140 mil hectáreas para el Valle de Mexicali y 28 mil hectáreas para San Luis Río Colorado, aunque las superficies efectivamente sembradas fueron menores.
Es importante precisar que esta disminución no ha sido provocada principalmente por la falta de agua. La verdadera causa ha sido la profunda crisis económica que enfrenta el sector agropecuario. La falta de rentabilidad de los cultivos, el incremento sostenido de los costos de producción, la desaparición de las fuentes tradicionales de financiamiento, la alta cartera vencida y la incertidumbre económica han llevado a muchos productores a reducir sus siembras o incluso a dejar de cultivar.
A este escenario se suma la reciente propuesta presentada en Estados Unidos para aplicar reducciones de hasta tres millones de acres-pie anuales a los estados de California, Arizona y Nevada, equivalentes aproximadamente al 40% de los volúmenes actualmente utilizados por la Cuenca Baja. Más allá de las negociaciones políticas que todavía deberán realizarse, el mensaje es contundente: el Río Colorado ya no tiene la capacidad de sostener los niveles de consumo que se asumieron hace décadas.
La pregunta ya no es si habrá recortes.
La pregunta es cómo vamos a vivir con ellos.
Muchos años atrás, el Ing. Fernando Mercado, a quien siempre recordaré con respeto y afecto, me comentaba que en el Distrito 014 estábamos acostumbrados a planear nuestras siembras partiendo de la premisa de que siempre tendríamos disponible la dotación completa del tratado.
En contraste, en otros distritos del país primero se revisa cuánta agua existe realmente en las presas y, con base en ello, se determina cuántas hectáreas pueden establecerse.
Quizá ha llegado el momento de asumir definitivamente esa realidad.
Recuerdo también que le molestaba escuchar o leer que las ciudades serían las principales afectadas por una reducción en las entregas del Río Colorado. Siempre sostenía que, en cualquier esquema de distribución, el uso humano y los servicios públicos son los primeros en protegerse. El ajuste termina recayendo, inevitablemente, en la agricultura.
Hoy, con las nuevas propuestas de reducción que se discuten en Estados Unidos y con los recortes que México ya ha enfrentado en los últimos años, aquellas reflexiones adquieren una vigencia extraordinaria.
Mientras tanto, en el Valle de Mexicali seguimos observando el problema desde una óptica coyuntural. Discutimos cuánto será el próximo recorte, cuánto disminuirá la superficie de siembra o cuánto dinero podría llegar como compensación. Pero rara vez discutimos el tema más importante: cómo aumentar la productividad de cada metro cúbico de agua disponible.
Durante años se han destinado recursos económicos para mejorar la eficiencia hídrica. Sin embargo, los resultados siguen siendo insuficientes frente a la magnitud del reto. La región necesita una nueva visión que vaya mucho más allá de los apoyos temporales o de los programas de descanso de tierras.
Necesitamos inversiones de gran escala en infraestructura hidráulica.
Necesitamos reservorios estratégicos.
Necesitamos modernizar canales y compuertas.
Necesitamos rehabilitar pozos.
Necesitamos acelerar la tecnificación parcelaria.
Necesitamos reducir pérdidas en conducción y distribución.
Y también necesitamos que los organismos operadores urbanos enfrenten con seriedad el problema de las fugas en las redes de agua potable.
Resulta contradictorio pedir sacrificios permanentes al sector agrícola mientras en las ciudades continúan perdiéndose millones de metros cúbicos de agua por infraestructura obsoleta. Se estima que algunas redes urbanas desperdician cerca del 30% del agua que distribuyen.
La realidad hídrica del siglo XXI exige corresponsabilidad.
Gobiernos, usuarios urbanos, organismos operadores y productores debemos entender que el problema ya no es temporal. La disminución de los escurrimientos del Río Colorado no parece ser una crisis pasajera; todo indica que estamos entrando en una nueva normalidad caracterizada por una menor disponibilidad de agua y una mayor competencia por el recurso.
Por eso el debate no debe centrarse únicamente en cuánto vamos a perder.
Debe centrarse en qué vamos a hacer.
Porque mientras algunos siguen discutiendo si el problema llegará o no, la realidad es que ya está aquí.
Y porque el futuro del Valle de Mexicali no dependerá únicamente del volumen de agua que reciba del Río Colorado, sino de la capacidad que tengamos para administrarla con inteligencia, eficiencia y visión de largo plazo.
La historia nos demuestra que las sociedades que sobreviven a las crisis no son las que tienen más recursos, sino las que mejor se adaptan a los cambios.
La reducción del agua es un desafío enorme.
La falta de acción sería una tragedia mucho mayor.
Hay mucho por hacer. Me gustaría escuchar más noticias sobre inversiones en infraestructura hidráulica y menos discursos fatalistas. Me gustaría ver proyectos de almacenamiento, modernización de canales, rehabilitación de pozos y tecnificación del riego. Pero también me gustaría escuchar que se están realizando grandes inversiones para reducir las fugas en las ciudades y aprovechar mejor cada gota disponible.
Porque esta realidad llegó para quedarse.
Y si en lugar de lamentarnos nos dedicamos a actuar, seguramente el futuro será distinto.
Como dice el viejo refrán:
“No dejes que las lágrimas te impidan ver la hermosura de la luna.”

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