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Trump amenaza al T-MEC, pero la realidad económica apunta a su permanencia

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

Cada vez que el presidente Donald Trump habla del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), vuelve a aparecer la misma narrativa: que Estados Unidos no necesita a México ni a Canadá, que el tratado beneficia más a sus socios comerciales y que Washington estaría mejor sin él.

Este miércoles 10 de junio, Trump afirmó que su país no necesita los automóviles, la energía ni los productos provenientes de México y Canadá. Incluso dejó abierta la posibilidad de no renovar el acuerdo comercial durante la revisión prevista para 2026.

Las declaraciones han generado inquietud en los mercados, en los sectores productivos y en los gobiernos de los tres países. Sin embargo, más allá de la retórica política, conviene preguntarnos si realmente Estados Unidos puede darse el lujo de abandonar uno de los acuerdos comerciales más importantes del mundo.

Mi opinión es que no.

Y no porque México o Canadá tengan capacidad para imponerse sobre la economía estadounidense, sino porque el propio aparato productivo de Estados Unidos se ha vuelto profundamente dependiente de la integración económica de Norteamérica.

Durante décadas, las cadenas de suministro de los tres países dejaron de operar como economías separadas para convertirse en una sola plataforma de producción regional. Un automóvil ensamblado en México puede incorporar acero canadiense, componentes electrónicos fabricados en Texas, sistemas de transmisión producidos en Michigan y tecnología desarrollada en California.

La pregunta ya no es quién le vende a quién.

La verdadera pregunta es qué tan costoso sería romper esa integración.

Tomemos como ejemplo a Texas.

El estado texano es hoy uno de los principales beneficiarios del comercio con México. Miles de millones de dólares en mercancías cruzan diariamente por los puertos fronterizos de Laredo, El Paso, Brownsville y Eagle Pass. Empresas de transporte, logística, manufactura, agricultura, energía y servicios dependen directamente de esa relación comercial.

México no solamente compra productos estadounidenses; es uno de los mayores clientes de Texas. Si el comercio bilateral disminuyera de manera significativa, las primeras voces de protesta no vendrían de la Ciudad de México, sino de los empresarios, agricultores, transportistas y autoridades texanas.

Lo mismo ocurre en la región industrial de Detroit.

La industria automotriz estadounidense no opera exclusivamente dentro de sus fronteras. Los vehículos producidos por fabricantes estadounidenses cruzan múltiples veces las fronteras de México y Canadá durante su proceso de fabricación. Las autopartes viajan de una planta a otra hasta convertirse en un producto terminado.

Eliminar o debilitar el T-MEC significaría aumentar costos, reducir competitividad y encarecer los vehículos para los consumidores estadounidenses.

Paradójicamente, una medida diseñada para proteger empleos podría terminar afectando precisamente a los trabajadores que se pretende defender.

Otro factor que pocas veces se menciona es la competencia global.

Mientras Estados Unidos, México y Canadá discuten sus diferencias comerciales, China continúa fortaleciendo su presencia en los mercados internacionales. La lógica estratégica detrás del T-MEC nunca fue únicamente comercial; también fue geopolítica.

Norteamérica compite mejor cuando opera como una región integrada que cuando cada país intenta enfrentar por separado los desafíos del comercio global.

Por supuesto, eso no significa que el tratado sea perfecto.Existen temas que seguramente serán objeto de una negociación intensa durante la revisión de 2026: reglas de origen en la industria automotriz, contenido regional, energía, comercio digital, agricultura, inversiones y mecanismos de solución de controversias.

Habrá presiones. Habrá amenazas. Habrá declaraciones altisonantes para consumo político interno.

Pero una cosa es utilizar el tratado como herramienta de negociación y otra muy distinta asumir los costos económicos de hacerlo desaparecer.

Por ello considero que, al final del proceso, el T-MEC continuará vigente, aunque posiblemente con modificaciones importantes.

La razón es simple: el acuerdo ya no responde únicamente a los intereses de México o Canadá. También responde a los intereses de millones de trabajadores, empresas y consumidores estadounidenses que dependen de una economía norteamericana integrada.

En política se pueden hacer muchas declaraciones.

En economía, tarde o temprano, terminan imponiéndose los números.

Y los números indican que el T-MEC sigue siendo demasiado importante para los tres países como para dejarlo morir.