Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

El rostro humano detrás de los 800 mil informales

Por Luz Tl?ltikpakayotl

En las inmediaciones de los centros de transbordo masivo en la Ciudad de México, Monterrey o Guadalajara, el paisaje es una marea de lonas, aromas de fritura y el grito persistente del oferente. Para un analista de escritorio, esto es “la informalidad”. Para un creyente que observa la realidad con los ojos del Evangelio y el rigor del dato duro, es el síntoma de una estructura que está fallando en su deber primordial: garantizar que el trabajo sea el camino para la realización de la persona y el sustento digno de la familia.

Recientemente, las cifras oficiales han lanzado una alerta que no podemos ignorar con retórica política: 805,000 nuevos puestos ambulantes se sumaron a la economía nacional en el último periodo. No son solo números; son casi un millón de historias de mexicanos que, ante la puerta cerrada de la empresa formal o el salario de hambre de una vacante de oficina, han tenido que levantar un puesto de metal en la vía pública. ¿Es este el “milagro mexicano” del que hablan las cifras macroeconómicas, o es un grito de auxilio de una sociedad que sobrevive a pesar de su sistema?

Datos que Duelen

La macroeconomía mexicana presume una estabilidad envidiable: un peso que resiste los embates externos, una inflación que se intenta domar y una captación de inversión extranjera por el nearshoring. Sin embargo, en las mesas de las familias, la historia se cuenta en pesos y centavos que no alcanzan. Hoy, la Población Económicamente Activa (PEA) en la informalidad supera el 54%. Es decir, más de la mitad de México trabaja sin red de protección.

Históricamente, la informalidad aporta cerca del 24% del Producto Interno Bruto (PIB). Esto significa que los “informales” sostienen una cuarta parte de la riqueza del país, pero reciben a cambio migajas de seguridad social. Mientras la canasta básica integral se estima ya en los $24,000 MXN mensuales para una familia de cuatro personas, el salario promedio formal difícilmente compite con la utilidad diaria de un puesto de comida bien ubicado. Aquí nace la paradoja: el sector informal es más eficiente para generar liquidez inmediata, pero es una sentencia de pobreza a largo plazo.

El Rostro Humano

“Sofía”, una joven de 26 años con licenciatura en administración, es parte de esta estadística. Tras dos años saltando de contrato en contrato temporal en empresas que le ofrecían el salario mínimo y horarios de 10 horas, decidió emprender en un mercado sobre ruedas vendiendo artículos de diseño propio. “En la oficina me sentía un número más, ganaba 8,000 pesos al mes y se me iba la vida en el transporte. Aquí, si le echo ganas, saco el doble. Pero me da miedo enfermarme, porque no tengo IMSS”, relata.

El caso de Sofía ilustra la rigidez del mercado laboral formal. Procesos de contratación lentos, requisitos de experiencia absurdos para sueldos de entrada y una cultura corporativa que muchas veces ignora la conciliación familia-trabajo. Para los jóvenes Millennials y Centennials, el “changarro” no es una falta de ambición, es una estrategia de supervivencia ante un mercado que parece haber olvidado que el trabajo es para el hombre, y no el hombre para el trabajo.

La Deuda de la Justicia Social 

Desde la encíclica Rerum Novarum hasta Fratelli Tutti, la Iglesia ha sido clara: la economía debe estar al servicio del Bien Común. El fenómeno del ambulantaje revela una “Cultura del Descarte”, como bien denominó el Papa Francisco. Se descarta al trabajador mayor que ya no es “productivo” para la industria, y se descarta al joven que no encaja en los moldes de la productividad extrema por salarios mínimos.

La informalidad es un amortiguador social, sí, pero es un amortiguador injusto. La falta de financiamiento para la seguridad social y la erosión de la base gravable no son solo problemas técnicos de la Secretaría de Hacienda; son problemas de solidaridad. Quien opera en la informalidad no solo deja de aportar al sistema de salud que otros usan, sino que queda desprotegido ante la vejez. Estamos gestando una generación de ancianos sin pensión y sin ahorros, lo que se traducirá en una crisis humanitaria en las próximas décadas.

¿Cómplices o Soluciones?

La dependencia del ambulantaje revela una debilidad estructural. El Estado ha sido incapaz de simplificar la transición a la formalidad. Para un pequeño comerciante, formalizarse significa enfrentar una hidra de trámites burocráticos, impuestos que no ven retribuidos en servicios públicos y una fiscalización que se siente persecutoria. Por otro lado, redes organizadas de comercio en vía pública operan bajo lógicas de poder local, pagando “cuotas” a líderes en lugar de impuestos al Estado, perpetuando un ciclo de corrupción y falta de legalidad.

Como católicos, defendemos el respeto a la ley, pero también exigimos que la ley sea justa. No se puede criminalizar el sustento de una familia sin ofrecer una alternativa viable. La formalidad debe ser una puerta de bienvenida, no una barrera de entrada.

Economía con Propósito

Para la juventud que busca un camino con valores, la respuesta no es la resignación. Necesitamos liderar un viraje hacia un modelo de desarrollo que reconozca la aportación del comerciante informal sin condenarlo a la precariedad.

* Formalidad Simplificada y Digital: El Estado debe crear esquemas de tributación “flat” o simplificados que incluyan automáticamente un seguro de salud y ahorro para el retiro, eliminando la burocracia que asusta al emprendedor.

* Empresas con Salario de Dignidad: La iniciativa privada debe entender que el “salario mínimo” no es el “salario justo”. El sector formal debe ser capaz de ofrecer una calidad de vida que supere la incertidumbre de la calle.

* Economía de Comunión: Promover cooperativas y redes de apoyo entre comerciantes que permitan acceder a créditos y seguros colectivos, fundamentados en la confianza y la ética cristiana.

El crecimiento del ambulantaje en México es el espejo de nuestras carencias, pero también de nuestra resiliencia. El mexicano es trabajador, es ingenioso y no se rinde ante la adversidad. Sin embargo, no podemos permitir que ese ingenio se desperdicie en la precariedad permanente.

Si queremos un México cerca de Dios, debemos construir un México donde el trabajo sea verdaderamente sagrado, donde cada persona, desde el que vende tamales en la esquina hasta el director de una transnacional, tenga la certeza de que su esfuerzo le garantiza una vida digna y un futuro seguro. La economía debe sanar, y esa sanación comienza por reconocer que detrás de cada cifra de informalidad, hay un prójimo que merece algo mejor que la banqueta para prosperar.

Es tiempo de pasar de la “economía del changarro” a la economía de la dignidad. Porque en la construcción del Reino de Dios, nadie debería quedar fuera de la seguridad y el bienestar.

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