Mientras el precio de la pasta casi se duplicó en los anaqueles, el ingreso del agricultor cayó y el tipo de cambio redujo aún más su rentabilidad
Por Guadalupe Villalobos Guerrero | Visión Agropecuaria 1120am
“No es una percepción. Son números.
El precio sube en el anaquel, baja en el campo; el tipo de cambio incide, pero el ajuste recae desproporcionadamente sobre el productor.”
En el año 2022, al productor de trigo cristalino (durum) se le pagaban alrededor de 385 dólares por tonelada. En ese mismo momento, en los autoservicios del país una bolsa de pasta de 200 gramos costaba aproximadamente $6.70 pesos.
Tres años después el panorama es muy distinto.
En el ciclo 2025, a los productores del Valle de Mexicali y San Luis Río Colorado se les liquidó su trigo durum alrededor de 300 dólares por tonelada, lo que representa una caída cercana al 28% respecto a 2022.
Sin embargo, en ese mismo periodo el precio al consumidor siguió el camino contrario.
La misma bolsa de 200 gramos de pasta que costaba $6.70 pesos en 2022 pasó a marzo de 2026 a los $9.90 pesos en muchos autoservicios.
Esto significa que el precio al consumidor se ha incrementado cerca de un 47.76% en ese periodo.
A esta situación se suma otro factor que golpea directamente al productor: el tipo de cambio. El Tipo de Cambio FIX ha caído alrededor de 13.8%, lo que reduce aún más el ingreso real de quienes venden su trigo en dólares, pero pagan sus costos en pesos.
Es decir, el productor enfrenta tres presiones simultáneas: menor precio internacional del grano, apreciación del peso frente al dólar y un incremento constante en los costos de producción.
Mientras tanto, el consumidor observa incrementos importantes en los productos elaborados con esa materia prima.
Durante años, el argumento del Gobierno Federal para retirar apoyos al trigo cristalino fue que gran parte de la producción se destinaba a exportación.
De los casi 2 millones de toneladas que México producía anualmente, alrededor de 900 mil toneladas se quedaban en el mercado nacional y el resto se exportaba.
Pero el año pasado ocurrió algo que cambió esa lógica.
Las sequías en Sonora, el principal productor de trigo durum del país, redujeron drásticamente la superficie sembrada por falta de agua en las presas.
El resultado fue histórico: por primera vez en más de 30 años México tuvo que importar trigo cristalino de Estados Unidos y Canadá.
Además, prácticamente todo el grano producido en México se quedó en el mercado nacional para abastecer a la industria de pastas.
Hoy el mercado internacional del trigo durum tampoco muestra precios extraordinarios.
El Northern Durum canadiense, que sale de los puertos de los Grandes Lagos hacia el Atlántico, se cotiza alrededor de 300 dólares por tonelada FOB. De igual forma, el Northern Durum que se embarca desde el Golfo de Texas para entrega de marzo-abril de 2026 también se ubica cerca de los 300 dólares por tonelada.
Sin embargo, cuando se comparan estos precios con los que se pagan al productor nacional, hay un elemento técnico que pocas veces se menciona.
Los precios internacionales corresponden a precios FOB, es decir, el valor del grano puesto en el puerto de salida. A ese precio todavía hay que sumarle el margen comercial del vendedor, los costos de transporte, fletes marítimos o terrestres, seguros, gastos logísticos y costos de importación.
Todos estos componentes incrementan considerablemente el costo final del trigo que llega a la industria en México.
Cuando se integran estos elementos se obtiene lo que en comercio de granos se conoce como precio de indiferencia de importación, es decir, el punto en el que a la industria le resulta igual comprar trigo nacional o traerlo del extranjero.
Y en muchos casos, ese nivel se ubica por encima del precio que actualmente se pretende pagar al productor mexicano.
En otras palabras, aun con los precios internacionales actuales, el trigo producido en el Valle de Mexicali y San Luis Río Colorado continúa siendo competitivo.
Estamos ya en marzo, a pocas semanas de que inicien las trillas en el Valle de Mexicali y San Luis Río Colorado, y todavía no hay claridad sobre el precio que recibirá el productor en este nuevo ciclo.
Se habla de reuniones entre industria y productores, pero hasta ahora no hay resultados claros ni cifras públicas.
Y entonces surge una pregunta inevitable:
Si el precio del producto final en los anaqueles sigue aumentando, mientras el precio al productor se mantiene o disminuye, ¿quién está capturando el valor dentro de la cadena?
Porque al final del día el productor observa cómo sus costos suben, su ingreso baja y el consumidor paga cada vez más por el producto final.
La preocupación en el campo es que, una vez más, el productor local termine —como dice el dicho popular— “quedándose como chinito… nomás mirando”.
Si el consumidor paga cada vez más por los productos elaborados con trigo cristalino, si el precio internacional se mantiene en niveles similares y si el trigo nacional sigue siendo competitivo frente al importado cuando se consideran los costos logísticos, entonces la interrogante es inevitable:
¿por qué el productor mexicano sigue siendo el eslabón que absorbe el ajuste?
Porque mientras el precio en los anaqueles crece muy por encima de la inflación, el ingreso del productor disminuye y sus costos continúan aumentando.
El problema no es solo económico; también es estratégico.
Si la señal que recibe el agricultor es que producir trigo cristalino cada año resulta menos rentable, tarde o temprano la superficie sembrada se reducirá, como ya ocurrió en otras regiones del país.
“El consumidor paga más, el productor recibe menos. Entre esos dos extremos está la verdadera discusión que el país aún no quiere tener.”
Visión Agropecuaria 1120am.

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