Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

El miedo y la violencia empiezan en casa

Por Luz Tl?ltikpakayotl

La escena se repite con demasiada frecuencia para seguir llamándola asunto privado. Una puerta que se cierra con fuerza. Una discusión que sube de tono. Un niño que aprende a no hacer ruido. Una mujer que calcula si hoy conviene contestar, callar o irse al cuarto. En México, la violencia familiar no está solo en los expedientes: está en la manera en que miles de personas organizan su día para evitar el estallido de alguien más.

Por eso el punto de partida debe ser incómodo: la paz pública empieza en la casa. No en el discurso oficial, no en el operativo de madrugada, no en la estadística mensual. Empieza en la mesa donde una persona puede hablar sin ser humillada, en la habitación donde un niño duerme sin sobresaltos, en la economía mínima que permite a una mujer decidir sin miedo a quedarse sin techo. Cuando ese primer refugio falla, todo lo demás se contamina: la escuela, el trabajo, la salud mental, el barrio y la confianza en la justicia.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública mantiene un informe mensual específico sobre violencia contra las mujeres, con incidencia delictiva y llamadas de emergencia al 911. Ese reporte existe porque el fenómeno no es anecdótico ni aislado. Habla de delitos, de alertas, de llamadas que muchas veces son el único grito posible. También recuerda algo que no siempre cabe en los debates: no todas las víctimas denuncian, no todas pueden salir, no todas tienen red, dinero o documentos, y no todas son creídas cuando se atreven a hablar.

La violencia familiar tiene una característica particularmente cruel: suele crecer donde debería haber confianza. No siempre comienza con golpes. A veces empieza con el control del dinero, con revisar el celular, con prohibir amistades, con la burla diaria, con decidir qué ropa puede usar alguien, con aislar a una mujer de su familia, con convertir a los hijos en mensajeros o rehenes emocionales. La agresión física, cuando aparece, casi nunca llega sola; suele ser el punto visible de una historia de desgaste.

Quien mira desde fuera suele preguntar por qué no se va. La pregunta correcta sería otra: qué condiciones reales necesita una persona para irse y permanecer a salvo. Salir de una relación violenta no es cerrar una puerta y empezar de nuevo. Puede significar perder ingresos, enfrentar amenazas, cambiar a los hijos de escuela, buscar abogado, pedir medidas de protección, encontrar un refugio, explicar una y otra vez lo ocurrido, soportar la presión familiar para “arreglarse” y vivir con culpa por destruir una casa que, en realidad, ya estaba rota.

El dato duro sirve, pero no basta. Si una mujer llama al 911 después de una agresión, allí empieza una cadena que debería funcionar sin fallas: policía capacitada, valoración de riesgo, medidas de protección, Ministerio Público sensible, refugio disponible, atención psicológica, seguimiento judicial. Cuando uno de esos eslabones falla, la víctima aprende una lección amarga: pedir ayuda no siempre protege. Y si el agresor queda impune, los niños también aprenden. Aprenden que la fuerza manda, que el miedo ordena, que la dignidad se negocia.

La violencia dentro de casa también deja marcas en quienes no reciben el golpe directo. Niñas y niños expuestos a gritos, amenazas o golpes viven en estado de alerta. Algunos se vuelven silenciosos; otros, agresivos. Unos bajan calificaciones; otros se acostumbran a cuidar emocionalmente a la madre o al padre. La infancia no debería convertirse en sala de espera de una tragedia adulta. Cuando un niño crece creyendo que amar es aguantar o dominar, la sociedad está incubando las violencias del futuro.

No podemos quedarnos en la denuncia. Hay que hablar de prevención concreta. Eso implica educación emocional desde la infancia, acompañamiento a parejas jóvenes, tratamiento para adicciones y manejo de ira, redes vecinales responsables, empresas que detecten señales de violencia, escuelas que sepan canalizar casos y autoridades que actúen antes de que el riesgo sea extremo. También implica recuperar una idea simple: nadie tiene derecho a destruir a quien dice amar.

No se trata de idealizar familias perfectas. Todas discuten, todas se cansan, todas atraviesan crisis. La diferencia está entre el conflicto y la dominación. Una familia sana no es la que nunca se enoja, sino la que sabe pedir perdón, poner límites, proteger al vulnerable y buscar ayuda antes de acostumbrarse al daño. La autoridad dentro del hogar no puede confundirse con licencia para humillar. El amor no se prueba soportando violencia.

México necesita dejar de mirar la violencia familiar como pleito doméstico. Es seguridad pública, salud mental, protección infantil, justicia y cultura. Cada denuncia atendida a tiempo puede evitar un feminicidio. Cada vecino que no se hace sordo puede abrir una salida. Cada maestro que nota el cambio en un niño puede detectar una casa en peligro. Cada empresa que ofrece apoyo puede salvar a una trabajadora que no sabe a dónde ir.

La pregunta de fondo no es cuántas llamadas recibió el 911 este mes. La pregunta es cuántas personas viven hoy midiendo sus palabras para no despertar la furia de alguien. Una sociedad decente se reconoce en cómo protege a quien no puede protegerse solo. Y si la casa deja de ser refugio, la tarea de todos es ayudar a reconstruirlo: con ley, con comunidad, con verdad y con una decisión firme de no llamar amor a lo que destruye.

Una cobertura responsable también debe mirar a los agresores sin convertirlos en protagonistas. Muchos hombres repiten patrones aprendidos: control, celos, violencia verbal, abuso de alcohol, incapacidad para manejar frustración. Explicar esos factores no absuelve. Al contrario, permite exigir programas serios de reeducación, sanciones oportunas y seguimiento. Si solo encarcelamos cuando el daño ya es extremo, llegamos tarde. Si intervenimos antes, puede salvarse una vida y también puede romperse una cadena que venía de otra infancia herida.

Hay señales que las comunidades pueden aprender a reconocer: aislamiento repentino, golpes justificados con excusas, miedo al contestar llamadas, niños que se sobresaltan con cualquier grito, control económico total, amenazas de quitar hijos, destrucción de objetos, mascotas lastimadas, disculpas cíclicas después de cada agresión. No corresponde a los vecinos investigar ni exponerse, pero sí llamar, acompañar, orientar y no normalizar. La indiferencia suele ser el aliado más silencioso del agresor.

La salida no puede depender del heroísmo individual. Una mujer no debería necesitar ser valiente hasta el límite para vivir segura. Necesita instituciones que crean, familias que no presionen para volver, empresas que no castiguen ausencias justificadas, escuelas que protejan a sus hijos y una comunidad que entienda que el hogar no es propiedad privada del más fuerte. Allí se juega una idea básica de justicia: la fuerza nunca debe ser el idioma de la intimidad.

Fuentes base consultadas:

– SESNSP, Informe de violencia contra las mujeres, 25 de junio de 2026: https://www.gob.mx/sesnsp/documentos/informe-de-violencia-contra-las-mujeres?state=published

– INEGI, SIESVIM/ENDIREH sobre violencia contra las mujeres: https://www.inegi.org.mx/programas/endireh/2021/

– ONU Mujeres México, violencia contra mujeres y niñas: https://mexico.unwomen.org/

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