
Por Guadalupe Villalobos Guerrero
En México, pocas cosas generan tanta sensibilidad social como el precio de la tortilla. No es para menos: es el alimento básico por excelencia, presente todos los días en la mesa de millones de familias.
Por eso, cuando se anuncia un incremento de entre 2 y 4 pesos por kilo, como lo adelantó recientemente el presidente del Consejo Nacional de la Tortilla, Homero López García, la reacción no tarda en llegar.
La explicación del sector tortillero es clara: no se trata de un aumento por el costo de la harina, sino de un ajuste rezagado de los últimos tres años. Según López, el impacto reciente de la harina es mínimo —apenas 25 centavos por kilo—, mientras que el sector arrastra un desfase cercano al 16% en sus precios.
Sin embargo, desde el ámbito político, la respuesta ha sido tajante. La presidenta Claudia Sheinbaum ha señalado que no existe justificación para el aumento, argumentando que el precio del maíz se encuentra en niveles históricamente bajos.
Y aquí es donde el debate se vuelve más complejo… y más interesante.
El mito del maíz como principal factor
Se ha repetido durante años que el precio de la tortilla depende del precio del maíz.
Pero la realidad es distinta.
El maíz, como materia prima, representa entre 30% y 40% del costo final de la tortilla.
El resto está compuesto por:
* Energía (gas y electricidad),
* Mano de obra,
* Transporte y logística,
* Renta, impuestos y costos operativos.
Es decir, el precio del maíz sí influye, pero no determina el precio final.
Más aún: mientras el maíz es un producto volátil —sube y baja según los mercados—,
los costos estructurales como energía, salarios y logística solo tienen una dirección: hacia arriba.
Por eso ocurre algo que todos vemos, pero pocos explican:
* La tortilla sube cuando sube el maíz,
* Sube cuando sube el gas,
* Sube cuando suben los salarios,
* Pero no baja cuando baja el maíz.
La discusión no debería centrarse en si el maíz está barato o caro.
El problema de fondo es otro: México no tiene un mercado funcional para el maíz blanco.
Se dice que no hay comercialización… pero sí hay maíz sin vender.
Se habla de altos inventarios… pero no de su ubicación o calidad.
La realidad es contundente:
* No falta maíz en México.
* No sobra maíz en México.
* Lo que falta es mercado, orden y política de precios. Los inventarios que hoy presionan a regiones productoras como Sinaloa no reflejan abundancia, sino falla en la comercialización. Grano que no se mueve a tiempo, que no encuentra comprador al precio justo, que se acumula en manos del productor mientras la industria compra con cautela y poder de negociación.
Alerta en el campo: producir ya no es negocio
El caso de Sinaloa es ilustrativo.
Con precios por debajo de los costos de producción, miles de productores enfrentan un escenario insostenible.
Se estima que el maíz debería alcanzar al menos $7,000 pesos por tonelada para garantizar rentabilidad.
Sin embargo, las condiciones actuales —mercados internacionales débiles, mayor oferta global y apoyos insuficientes— están empujando al productor a operar con márgenes negativos.
Y aquí surge la gran contradicción nacional:
mientras la tortilla sube…
el productor recibe menos por su maíz.
Con frecuencia se argumenta que se puede importar maíz más barato.
Pero lo que no se dice es esto:
“Nos dicen que pueden importar maíz más barato… pero comparan un grano pecuario con uno alimentario, un commodity global con un producto cultural.(Sin maíz no hay país)”
México importa principalmente maíz amarillo, destinado a la alimentación animal y la industria.
El maíz blanco, el de la tortilla, es otro mercado, con otra lógica, otra disponibilidad y otro valor.
Compararlos es técnicamente incorrecto… pero políticamente conveniente.
Hoy el país enfrenta una tensión real:
por un lado, la necesidad de mantener accesible el precio de la tortilla; por el otro, la urgencia de garantizar la rentabilidad del productor.
Pero esta no debería ser una disyuntiva.
El problema no es el precio… es la estructura del mercado.
Mientras no exista una política clara que:
* ordene la comercialización,
* establezca referencias del precio doméstico,
* y equilibre la relación entre productores e industriales, seguiremos viendo el mismo fenómeno: tortilla cara en la ciudad… y campo empobrecido en el origen.
En México no tenemos un problema de producción de maíz.
Tenemos un problema de mercado.
El maíz sí está: pero no donde se necesita, no cuando se necesita, y sobre todo… no al precio que reconozca su verdadero valor.
Y mientras no entendamos eso, seguiremos atrapados en una paradoja absurda: un país donde la tortilla sube… y el productor pierde.

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