Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

México y el trigo: entre la capacidad productiva y la dependencia importadora

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

En el análisis de los mercados agroalimentarios hay datos que, más allá de lo técnico, revelan decisiones estructurales. Uno de ellos es contundente: México es hoy el principal comprador de trigo de los Estados Unidos.

Durante el ciclo comercial 2025/2026, nuestro país encabezó la lista de destinos del trigo estadounidense, con más de 4.4 millones de toneladas, representando cerca del 18.5% de sus exportaciones. Junto con otros nueve países, México forma parte del grupo que concentra más del 70% de las ventas externas de ese país.

A simple vista, podría parecer una consecuencia natural del comercio global. Sin embargo, una revisión más profunda revela una realidad inquietante: México no importa trigo porque no pueda producirlo, sino porque ha dejado de ser prioridad hacerlo.

La comparación internacional es reveladora. Países como Filipinas, Indonesia o Bangladesh importan trigo por una razón evidente: sus condiciones climáticas tropicales, con alta humedad y temperaturas poco favorables, hacen inviable una producción competitiva. Otros, como Japón o Corea del Sur, mantienen una producción marginal, insuficiente para cubrir su consumo interno.

En todos esos casos, la dependencia del exterior responde a una limitación estructural.

México no está en esa categoría

Nuestro país cuenta con regiones altamente productivas, como Sonora, el Bajío o el Valle de Mexicali, donde los rendimientos alcanzan estándares internacionales. Existe conocimiento técnico, infraestructura agrícola y una base productiva sólida construida durante décadas.

Entonces, la pregunta 

es obligada: ¿qué ocurrió?

La respuesta no está en la capacidad, sino en la rentabilidad y en la política pública.

En primer lugar, el trigo ha perdido competitividad frente a otros cultivos más rentables, lo que ha desincentivado su siembra. A esto se suma la creciente presión sobre el recurso hídrico, ya que se trata de un cultivo altamente dependiente del riego en un contexto de escasez de agua-Sobre todo en el Estado de Sonora-.

Pero el factor más determinante ha sido la falta de una política agrícola consistente. La volatilidad en los esquemas de apoyo, la ausencia de certidumbre para el productor y la débil articulación entre producción y mercado han reducido el atractivo del cultivo.

A ello se añade la lógica de integración comercial bajo el T-MEC, donde, en muchos casos, resulta más barato importar trigo que producirlo localmente.

El resultado es claro: México ha transitado de ser un país con potencial estratégico en la producción de trigo a convertirse en un cliente prioritario de su principal socio comercial.

Este contexto adquiere mayor relevancia al observar la coyuntura reciente. Las movilizaciones de productores, que incluyeron plantones como medida de presión, concluyeron —una vez más— en la promesa de mesas de diálogo con autoridades federales.

Sin embargo, el problema no radica en la disposición al diálogo, sino en los márgenes reales de solución.

Los precriterios económicos para 2027 anticipan una reducción del gasto público del 4.1%. Aunque en términos nominales se plantea un incremento del 3.9% en las partidas destinadas al campo, este ajuste resulta insuficiente frente a la inflación y a las necesidades estructurales del sector.

En términos reales, se trata de un presupuesto sin crecimiento efectivo.

Así, el escenario se repite: demandas legítimas del sector, respuestas institucionales centradas en el diálogo y restricciones presupuestales que limitan cualquier transformación de fondo.

El dato, entonces, debe interpretarse con claridad.

Mientras países que no pueden producir trigo lo importan por necesidad, México —que sí cuenta con las condiciones para hacerlo— lo importa por conveniencia económica.

Pero esa conveniencia tiene un costo.

Implica una creciente dependencia alimentaria, una presión constante sobre los productores nacionales y una renuncia paulatina a la soberanía productiva en un cultivo estratégico.

La discusión de fondo no es comercial, es estructural.

Y la pregunta que queda abierta es inevitable:

¿hasta qué punto un país puede depender del exterior en su alimentación sin comprometer su seguridad futura?