Las filas de los mudos
Por Fernando Ruiz del Castillo
Hay silencios que pesan más que un discurso. Y luego está el silencio de toda la clase política de la frontera norte frente a uno de los problemas que, literalmente, tiene atorados a millones de personas: las interminables filas para regresar a México.
Paradójicamente, el problema ya no es cruzar hacia Estados Unidos. El verdadero viacrucis comienza cuando uno intenta volver a su propio país. Es ahí donde empieza el castigo. Dos, tres y hasta cuatro horas de espera para recorrer unos cuantos cientos de metros, bajo el sol del verano o el frío del invierno, respirando emisiones contaminantes, desperdiciando combustible y perdiendo horas de vida que nadie devolverá.
Y mientras eso ocurre todos los fines de semana, ¿dónde están nuestros representantes populares? ¿Dónde están los gobernadores de los estados fronterizos? ¿Los alcaldes? ¿Los diputados federales que presumen gestionar recursos para la frontera? ¿Los senadores que aseguran defender los intereses de Baja California? ¿Los congresos locales? Parecen haber cruzado por una aduana distinta, una donde el requisito indispensable para pasar es guardar absoluto silencio.
En medio de esa ausencia de voces, resulta casi irónico que quien hoy encabece el reclamo ciudadano no sea un funcionario público, sino el presidente del Consejo Coordinador Empresarial de Baja California, Octavio Sandoval.
Le ha tocado hacer el trabajo que otros, por obligación constitucional y política, tendrían que estar realizando. Señalar el problema, documentarlo, exigir soluciones y recordar que la frontera no solamente sirve para las fotografías oficiales cuando inauguran una obra o reciben a algún funcionario federal.
Sandoval ha puesto el dedo en la llaga: desde que la operación de las aduanas mexicanas quedó en manos de las Fuerzas Armadas, el flujo para ingresar al país se ha convertido en un monumental cuello de botella. No se trata de cuestionar la honestidad de los militares ni su compromiso con el combate al contrabando. Ese no es el debate. El problema es que administrar una aduana con criterios eminentemente militares no necesariamente significa administrarla con criterios de eficiencia logística.
El resultado está a la vista.De catorce carriles disponibles, en muchas ocasiones apenas funcionan cuatro o cinco. Más adelante se reducen a dos y finalmente todos terminan formando una sola fila al pasar al semáforo fiscal. Y si la suerte no acompaña, aunque aparezca el ansiado verde, todavía existe la posibilidad de que un elemento militar decida enviarlo a revisión secundaria. Es decir, la ruleta rusa burocrática.
Lo grave no es únicamente la molestia para quienes cruzan todos los días por trabajo o estudio. El problema ya empieza a convertirse en un asunto económico y de competitividad regional. Miles de turistas estadounidenses prefieren ya no venir a Baja California durante los fines de semana porque saben que el regreso será una pesadilla. Comercios, restaurantes, hoteles y pequeños negocios dejan de recibir consumidores. Las ciudades fronterizas pierden atractivo y dinamismo. El costo económico todavía nadie lo cuantifica con precisión, pero basta observar las filas kilométricas para entender que ahí se están evaporando millones de pesos cada mes.
Y, sin embargo, el gobierno sigue actuando como si nada ocurriera. Tal vez porque quienes toman las decisiones no hacen fila. No esperan tres horas para regresar a su casa. No ven subir el indicador del combustible mientras el vehículo permanece inmóvil. No escuchan llorar a los niños desesperados ni observan a adultos mayores agotados dentro de un automóvil convertido en horno.
Ellos cruzan por accesos especiales, escoltas, agendas oficiales o simplemente sobrevuelan los problemas desde la comodidad de un escritorio climatizado. Mientras tanto, la ciudadanía sigue pagando el costo de una política que privilegió el control sobre la eficiencia, sin encontrar el indispensable punto de equilibrio entre seguridad y movilidad.
La solución tampoco parece un misterio. Abrir la totalidad de los carriles disponibles; incrementar el personal operativo en los horarios de mayor demanda; incorporar sistemas tecnológicos de análisis de riesgo que permitan seleccionar inspecciones inteligentes y no revisiones indiscriminadas; coordinar permanentemente las autoridades mexicanas con sus contrapartes estadounidenses y establecer indicadores públicos de tiempos de cruce que obliguen a rendir cuentas. Nada de eso requiere una reforma constitucional. Sólo voluntad política. Pero esa voluntad tampoco aparece en la fila.Quizá porque, como ocurre con demasiada frecuencia en este país, los problemas dejan de existir cuando no afectan a quienes gobiernan.
Y mientras los ciudadanos seguimos atrapados entre conos, semáforos fiscales y revisiones aleatorias, Octavio Sandoval continúa haciendo el trabajo que muchos políticos abandonaron hace tiempo: darle voz a una frontera que parece condenada a esperar… incluso para poder regresar a casa. Quizá por eso el problema no les quita el sueño. Al fin y al cabo, algunos ni siquiera cuentan con visa para cruzar a Estados Unidos, así que jamás experimentarán la ironía de pasar más tiempo intentando regresar a México que entrando al país vecino.
Y quienes sí la tienen, probablemente cruzan por los carriles de cortesía, con escoltas o invitaciones oficiales. Las filas, como tantas otras incomodidades del servicio público, quedaron reservadas para los ciudadanos que pagan impuestos… y la paciencia.
Los retenes…otra vez
Creí que nunca volvería a escribir sobre este tema. Pensé que el país había aprendido que una carretera no puede convertirse en un castigo para quien trabaja, produce o simplemente viaja con su familia. Me equivoqué.
En los años de Francisco Sahagún Baca y la temida Policía Judicial Federal, los retenes eran el símbolo de una guerra contra las drogas que se medía en toneladas decomisadas y conferencias de prensa. Mientras los funcionarios presumían estadísticas, los ciudadanos acumulaban horas perdidas, malos tratos y la certeza de que, para la autoridad, todos eran sospechosos hasta demostrar lo contrario.
Querobabi, en Sonora, se convirtió en el ejemplo perfecto. Como reportero de “El Imparcial” documenté durante meses las interminables filas, los abusos y la desesperación de automovilistas y transportistas.
Las denuncias llegaron tan lejos que obligaron al gobierno federal a modernizar el punto de revisión. Parecía que alguien había entendido que seguridad y respeto al ciudadano no eran conceptos incompatibles.
Pero México es un país con una extraña fascinación por tropezar con la misma piedra… y luego colocarle presupuesto.Hoy regresan los retenes. Vuelven las filas de cuatro, seis u ocho horas; regresan las pérdidas para los transportistas, el encarecimiento de los productos y la irritación de miles de familias.
Lo curioso es que, mientras los delincuentes parecen moverse con sorprendente agilidad, quienes permanecen inmóviles son los ciudadanos que cumplen la ley.
Resulta una estrategia singular: para combatir a quienes burlan la autoridad, primero se detiene a quienes sí la respetan. El retén entre Sonora y Baja California ya empieza a generar el mismo hartazgo de hace décadas.
Y la historia demuestra que cuando las filas se vuelven interminables, las protestas no tardan en aparecer.
Tal vez sea momento de que el presidente del Consejo Coordinador Empresarial de Baja California, Octavio Sandoval, coloque este asunto sobre la mesa. Porque aquí ya no hablamos únicamente de seguridad pública.
Hablamos de competitividad, de productividad y de millones de pesos perdidos mientras los motores permanecen encendidos y el reloj sigue avanzando.
La seguridad nunca debería medirse por el número de vehículos detenidos, sino por el número de delincuentes capturados. Lo demás es burocracia con uniforme.Y cuidado. Porque los retenes tienen una curiosa habilidad: empiezan revisando cajuelas y terminan agotando la paciencia de todo un país.
Ya lo vivimos una vez. Sería imperdonable descubrir que, después de tantos años, lo único que realmente evolucionó fue el tamaño de las filas.

Más historias
La corrupción roba futuro
Entre Bancos, Empresarios, Políticos, .. y otros temas
Entre Los Surcos…