Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

Mosquita Blanca: Cuando se deja de hacer lo que funcionaba

Por Guadalupe Villalobos Guerrero

La reaparición de poblaciones elevadas de mosquita blanca en los valles de Mexicali y San Luis Río Colorado ha generado preocupación entre productores, técnicos, autoridades y comercializadores. Sin embargo, conviene poner las cosas en perspectiva: la presencia de esta plaga no debería sorprender a nadie ni provocar sobresaltos desmedidos.

Quienes vivimos la gran crisis de principios de los años noventa recordamos perfectamente el daño que ocasionó la mosquita blanca a diversos cultivos, particularmente al algodón. Aquella experiencia dejó importantes enseñanzas y obligó a construir un sistema de vigilancia, prevención y control que permitió convivir con la plaga durante más de tres décadas sin que volviera a alcanzar niveles catastróficos.

La pregunta obligada es entonces: ¿qué pasó este ciclo?

La respuesta parece sencilla: se dejó de hacer parte de lo que durante años funcionó.

Desde hace varios años se relajaron actividades fundamentales de supervisión y rectoría por parte de las autoridades federales. Paralelamente, algunos productores abandonaron prácticas que eran consideradas indispensables para proteger la sanidad de todo el valle. La destrucción oportuna de socas, el barbecho después de la cosecha, la eliminación de cultivos viejos y el control de hospederos fueron perdiendo prioridad.

Mario Soto Ibarra, dirigente de la CNC, recordó recientemente que anteriormente la autorización para sembrar algodón estaba condicionada al cumplimiento de labores fitosanitarias. Si un productor no realizaba las prácticas requeridas, simplemente no obtenía permiso para el siguiente ciclo agrícola. Esa vigilancia prácticamente desapareció.

La consecuencia está a la vista.

Los residuos de cosechas, los predios abandonados y la presencia de cultivos hospederos como melón, sandía, brassicas y otras hortalizas crearon las condiciones ideales para que las poblaciones de mosquita blanca crecieran por encima de lo habitual.

Lo más preocupante es que muchos de los factores que hoy favorecen la proliferación de la plaga eran perfectamente conocidos y previsibles.

Las propias autoridades reconocen actualmente la necesidad de atender socas, residuos agrícolas y cultivos hospederos. La Secretaría de Agricultura ha informado sobre recorridos de inspección y recomendaciones técnicas para reducir focos de infestación. Sin embargo, muchos productores se preguntan por qué estas acciones preventivas no fueron más estrictas antes de que el problema alcanzara la dimensión actual.

Porque una cosa es recomendar y otra muy distinta es ejercer la rectoría que corresponde a la autoridad.

Resulta difícil negar que existe una responsabilidad compartida. Por un lado, funcionarios que dejaron de aplicar mecanismos de supervisión que durante años demostraron su eficacia. Por otro, productores que olvidaron que la sanidad vegetal no es un asunto individual sino colectivo. Cuando un predio se convierte en refugio de plagas, termina afectando a todos los vecinos.

Pero existe otro aspecto que merece atención.

En días recientes he conversado con varios productores del Valle de Mexicali. La mayoría coincide en que existen zonas donde la afectación es significativa, pero también señalan que no todo el valle presenta el mismo nivel de infestación. Sin embargo, la difusión de información alarmista ya comenzó a generar preocupación en los mercados.

Uno de ellos me comentaba con evidente molestia que algunos compradores habrían advertido a las despepitadoras que evitarán realizar compras futuras ante el temor de afectaciones generalizadas por mosquita blanca. Si esto ocurre, las consecuencias económicas podrían extenderse incluso a productores cuyos campos presentan niveles manejables de infestación.

Aquí surge una 

reflexión importante

¿Era necesario informar sobre la situación?

Por supuesto que sí.

La transparencia es indispensable para enfrentar cualquier problema fitosanitario.

¿Era necesario exagerar?

Definitivamente no.

Cuando se generan percepciones que no corresponden plenamente a la realidad, se corre el riesgo de afectar el último eslabón de la cadena productiva: la comercialización.

Por eso resulta particularmente relevante la reciente participación del doctor Peter C. Ellsworth, de la Universidad de Arizona, quien señaló que aún existe tiempo para contener la presencia de la mosquita blanca mediante un manejo adecuado, no solamente en el algodón sino también en brassicas y otros cultivos hospederos.

Ese mensaje merece ser escuchado.

Porque el problema es serio, pero todavía es manejable.

Lo sucedido debe servir como recordatorio de que la sanidad vegetal no puede depender únicamente de la buena voluntad. Requiere reglas claras, supervisión efectiva y una responsabilidad compartida entre productores y autoridades.

También debe recordarnos que informar es una obligación, pero hacerlo con responsabilidad es igualmente importante.

Ni la negación oficial ayuda a resolver los problemas, ni el alarmismo contribuye a proteger los mercados.

La experiencia de este año demuestra lo que ocurre cuando se abandona la disciplina que durante décadas permitió mantener bajo control una plaga conocida. Ojalá la lección sea aprendida por todos.

Porque en agricultura, como en muchas otras actividades, las crisis rara vez aparecen de la noche a la mañana. Generalmente son el resultado de pequeñas omisiones acumuladas durante años.

Y cuando finalmente se presentan, terminan afectando a quienes sí hicieron las cosas correctamente.

Como dice el viejo refrán: ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.