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Sader: ¿gestión agotada o el eslabón de sacrificio?

Tomado de Revista Entorno Agrícola

En el complejo tablero de la política agropecuaria de México, la figura de Julio Berdegué Sacristán ha pasado de ser la promesa técnica a convertirse en el pararrayos de una crisis que parece desbordar las oficinas de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER). Hoy, el secretario no solo enfrenta el desplome de los precios internacionales y la volatilidad climática, sino un señalamiento creciente que lo coloca como el principal obstáculo entre el campo y las soluciones.

Sin embargo, cabe preguntarse: ¿Es Berdegué el arquitecto del descontento o simplemente el «villano favorito» de una narrativa centralizada?

El mito del secretario omnipotente

En el sistema político actual, la autonomía técnica es un concepto de papel. Es un secreto a voces que en la estructura vigente no se mueve un solo dedo —ni se libera un solo peso para esquemas de comercialización— sin el visto bueno de la Presidencia de la República. Bajo esta lógica, esperar que un secretario de Agricultura resuelva por sí solo el problema estructural de la rentabilidad del grano es, por decir lo menos, ingenuo.

No obstante, la política también es forma y sensibilidad, y es precisamente ahí donde la cadena comienza a romperse por el eslabón más débil.

Entre la cuna y la retórica

El malestar de los productores no nace únicamente de la falta de presupuesto; se alimenta de la actitud de quien debería ser su interlocutor. A Berdegué se le señala una contradicción de origen que ha dinamitado los puentes de diálogo:

La disonancia narrativa: Poseedor de una formación y un origen que el propio discurso oficial tildaría de «fifi», el funcionario ha adoptado una retórica y una postura ideológica más cercana al radicalismo militante que a la diplomacia institucional.

El factor temperamental: La percepción en los valles y surcos es la de un secretario de «mecha corta». La intolerancia ante la crítica y una actitud percibida como indolente han transformado la interlocución en una confrontación constante.

El costo de la animadversión

La gestión pública del campo requiere manos de seda y temple de acero. Al comportarse con soberbia ante las exigencias de los hombres y mujeres del campo, el titular de SADER ha contribuido a una animadversión personal que ya nubla cualquier acierto técnico que pudiera tener su oficina.

Si bien es cierto que las órdenes vienen de arriba, también lo es que el funcionario federal ha fallado en su labor primaria: ser el amortiguador y el gestor de su sector. Al final del día, si Berdegué no logra suavizar las aristas del centralismo y recuperar la empatía con el productor, terminará siendo el sacrificio necesario de un sistema que no admite errores, pero que siempre necesita un culpable. JM Campoy