Por Carlos Bravo Regidor
Es muy difícil la posición en la que se encuentra la Presidenta. Por un lado, intenta desplegar una estrategia de seguridad distinta, más enfocada y agresiva que la de López Obrador; por el otro, tiene que cuidar que sus decisiones no amenacen la unidad de la coalición con la que gobierna. Por arriba, se le impone la exigente hostilidad de un Trump empeñado en usar a México y los mexicanos como piñata política; por abajo, no le queda más que tratar de apaciguar a la Casa Blanca y hacerle concesiones al tiempo que insiste, para consumo doméstico, en que está “defendiendo la soberanía”.
La segunda condición tiene que ver con los costos. No toda purga fortalece, algunas fracturan. Para que sea realmente funcional, esta hipotética purga tendría que ser percibida como legítima no sólo por el “pueblo” sino, también, por el propio aparato partidista. Sin un consenso robusto sobre las causas y los objetivos de semejante lance, Sheinbaum corre el riesgo de morder más de lo que puede masticar. Una cosa es estigmatizar a un disidente o deslindarse de un personaje impresentable; otra, muy distinta, es alterar la correlación de fuerzas sobre las que se sostiene el llamado “segundo piso de la 4T”.
La tercera condición es la narrativa. Una purga eficaz necesita una historia creíble. Pero la Presidenta ganó con la promesa de la continuidad: ¿por qué, de pronto, haría falta depurar a quienes encarnan el rumbo que dejó trazado Andrés Manuel? ¿Cómo hacerlo sin poner en entredicho su mandato y su legado? Si la Presidenta empieza a jalar de ese hilo, ¿sabe dónde va a acabar?
Sheinbaum está atrapada entre la espada de las presiones trumpistas y la pared de la narcopolítica mexicana. ¿Sabrá cómo, querrá siquiera o podrá realmente salir de ahí?

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