Entre luces rojas y cuarto oscuro
Por José Alberto de la Hoya Mazón
No sé si a usted le tocó, pero a mí sí. Yo fui parte de esa generación de fotógrafos y reporteros gráficos que aprendimos el oficio cuando no existía la comodidad de una pantalla que te dijera si la foto había salido bien. En aquellos años, uno cargaba el rollo con el alma, porque cada disparo contaba. Ser fotoperiodista era tener fe, olfato y mucha, mucha paciencia.
Fue en los años noventa cuando llegué a Mexicali y San Luis RC. Y lo más que podíamos hacerle a una fotografía era contrastar un poco la luz al momento de imprimirla en el laboratorio. Nada de Photoshop, Lightroom ni filtros milagrosos. Hoy es difícil ver una imagen que no haya sido manoseada digitalmente. Pero en ese entonces, la imagen era lo que era: cruda, directa, honesta.

El fotoperiodismo en esa época era un acto de precisión y velocidad. Tenías cinco segundos —a veces menos— para captar la imagen que ya traías en la mente. En ese instante debías manejar el diafragma, la velocidad, el obturador, y calcular con experiencia las asas del rollo. No había margen de error ni botón para “intentar de nuevo”.
Recuerdo bien cómo salíamos de los eventos rumbo al laboratorio, donde la luz roja, el olor del fijador y el movimiento de las pinzas eran parte de un ritual. Sumergías el papel fotográfico y esperabas a que, poco a poco, surgiera la imagen: una escena que ya no se podía repetir, pero que, gracias a tu ojo, tu instinto y tu técnica, quedaba atrapada para siempre.

Y no era solo disparar la cámara. También sabíamos revelar, seleccionar negativos, hacer ampliaciones, e incluso forzar el revelado para rescatar imágenes en condiciones adversas. Éramos artesanos. Hoy todo eso se ha simplificado con una app, pero con ello, a veces, también se diluye el alma de la fotografía.
Pero ojo: no critico ni cuestiono a las nuevas generaciones de fotoperiodistas. Al contrario, los felicito sinceramente. Hoy cuentan con herramientas poderosas, con tecnología que permite llegar más lejos y más rápido. Mi intención no es comparar, sino compartir una parte de mi historia como reportero gráfico. Como dice el pensamiento de Yaqui: “antes como antes, y ahora como ahora.”
Por eso, cuando veo a los jóvenes detrás del lente, me dan ganas de contarles esto, no para presumir, sino para que sepan de dónde venimos. Y si tú, que me lees, vas empezando, te doy un consejo de colega: antes de apretar el botón, piensa qué historia quieres contar. Porque hacer clic es fácil… pero capturar el alma de un instante, eso es otra cosa.


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