Por Alberto de la Hoya
Fueron 37 años de entregarse al oficio con la pasión de un verdadero vocacionado. Carlos Lima Chávez, maestro de formación, pero reportero de alma, recorrió con su libreta miles de calles, oficinas, redacciones y escenarios de tragedias, fiestas y revelaciones. Comenzó cubriendo eventos sociales, pero pronto se dejó arrastrar por la intensidad de la nota roja, donde aprendió a narrar la realidad con crudeza y responsabilidad. Con el tiempo, afinó el olfato, y se volvió referente en el periodismo de investigación, sin dejar de lado el diarismo cotidiano.
Ayer, 11 de junio, le cayó encima la temida guillotina del recorte de personal. Él, junto a más de una decena de trabajadores, fue despedido de La Crónica, ese periódico que alguna vez fue orgullo regional y bandera de los periódicos Healy.


Cabe mencionar que durante varios años La Crónica fue punto de referencia a nivel local, nacional e internacional. De vender apenas 2 mil ejemplares al arranque de los noventa, llegó a imprimir hasta 30 mil diarios, con tan solo un 5% de devolución. Hoy, según versiones de un empleado de circulación —también dado de baja—, apenas se imprimen 6 mil, y la devolución ronda el 60%.
Para colmo, las rotativas de La Crónica callaron desde hace una semana. El icónico rugido de la maquinaria dejó de escucharse en el edificio que alguna vez vibró con el olor a tinta fresca. Ahora, los pocos ejemplares que aún se imprimen salen desde Tijuana, como si el alma del periódico ya no pudiera sostenerse en casa.
Lo anterior, más que cifras, es el reflejo de una verdad incómoda: La Crónica ya está muerta… pero no se quiere acostar.
Los rumores apuntan a que el periódico se sigue imprimiendo únicamente por los contratos con el Gobierno del Estado, cuyos compromisos exigen publicidad impresa, aunque sea para ser devuelta en montón.
Y Carlos, disciplinado como el militar, se despide con la frente en alto, sin lamentos ni resentimientos. “Me voy sin coraje ni rencores”, dice con serenidad. Porque quien sirvió con honor en la trinchera de la verdad, no necesita aplausos ni lágrimas… solo el respeto de haber cumplido.
Un excelente compañero, también jefe, pero, sobre todo: un maravilloso amigo. Así lo recordamos quienes compartimos con él tinta, café, guardias eternas y la pasión de contar historias. Su salida no es el final, es simplemente una pausa en el camino de un periodista que nunca dejará de observar, preguntar y escribir.

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