Resucitan proyecto para llevar agua de las caudalosas aguas de ríos nayaritas a Sinaloa, Sonora y Baja California. En el país de las utopías, la emergencia hídrica del noroeste resucita de entre los muertos este proyecto formalizado hace medio siglo. Aquí su disección
Especial Meridiano |
Jorge Enrique González
Sería de agua y un día domingo feliz arrancaría de Santiago Ixcuintla, con las miras de llegar a Mexicali o Tijuana. No estará José Alfredo para cantar el nuevo corrido de El Caballo Blanco. Es una utopía en el país de las utopías, sin corrido, pero con la urgencia de que emprenda la carrera.
En el noroeste mexicano, el sol nunca se rinde y la sequía es paisaje. Una idea vieja vuelve; regresa a casa de repente: el Plan Hidráulico del Noroeste, el PLHINO.
Ideado hace medio siglo por la Secretaría de Recursos Hidráulicos, prometía lo impensable: mover agua desde los caudalosos ríos de Nayarit hasta los valles resecos de Sonora. La geografía, el obstáculo; la voluntad y el tesón, las armas ante lo invencible. Ese sueño se murió en los archiveros del gobierno federal. Quedó sepultado bajo presupuestos escuetos y prioridades que nacían y morían por períodos sexenales. Como siempre, en el país de las utopías. Pero los muertos hídricos no descansan. No cuando las presas se vacían. No cuando Baja California clama lo que no tiene: agua.
El PLHINO, PUES, RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS.
Hoy, cinco décadas de por medio, el PLHINO vuelve a los labios de los gobernadores en plegaria aparente, aunque sea estrategia para fijar tema en la agenda mediática. No es un proyecto. Es una urgencia. Alfonso Durazo, en Sonora, lo mencionó en abril de 2024 con la naturalidad de quien anuncia una herencia que nunca llegó (Gobierno de Sonora, 2024). Rubén Rocha Moya, en Sinaloa, lo incluyó en su cartera de obras prioritarias. Y en Baja California, el senador Armando Ayala pidió formalmente en el Senado que se estudie su viabilidad (Senado de la República, 2025). “Compartir el agua entre Nayarit, Sinaloa, Sonora y Baja California”, dijeron. Cuatro estados, un hilo de agua, un plan que aún no tiene presupuesto ni mapa actualizado. Pero le sobra fe. La fe bíblica mueve montañas; la fe de la cuatroté, señores, moverá el agua, dicen.
Según los técnicos del Colegio de Sonora, el PLHINO es viable si se construyen más de mil kilómetros de canales y túneles, si se aprovechan presas ya construidas, si se logra lo improbable: que el agua viaje con la gravedad como aliada (Pineda, 2025, p. 12). Desde el río Santiago, en Nayarit, hasta el valle del Yaqui. Y desde ahí, tal vez, hasta Mexicali o incluso Tijuana, aunque esta extensión no ha sido detallada en términos técnicos, pero sí figura como intención en declaraciones recientes.
No hay cifras definitivas. Hay bocetos, estudios parciales, exhortos. Hay también oposición. En Nayarit, los ambientalistas ven en el PLHINO un despojo con disfraz técnico. “Nos quieren convertir en un mercado de saqueo hídrico”, dijo Selene Ahumada, de Nuiwari A.C., y la frase tuvo eco porque se anclaba en algo simple: allí también falta agua (Ahumada, citada en Crítica, 2025).
La propuesta no es menor. Pretende trasladar hasta 8 mil millones de metros cúbicos de agua al año (Frías Alcaraz, 2005, p. 9), irrigar 800 mil hectáreas nuevas, garantizar abasto humano e industrial, generar energía. Una obra para cambiar el destino de una región. O para condenarla. Porque también podría significar la desaparición de humedales, el desarraigo de pueblos, el vaciamiento de ríos sagrados para los bienamados pueblos originarios, esos puestos en altar en el discurso postrevolucionario de México, incluyendo neoliberales y morenistas. En Nayarit, el gobernador Miguel Ángel Navarro ha dicho que no entregará agua sin recibir beneficios a cambio (Gobierno de Nayarit, 2024). No lo dice como amenaza. Lo dice como frontera.

Del lado del impulso, hay una coreografía de coincidencias. Todos los gobernadores involucrados son del mismo partido. Todos hablan de soberanía hídrica. Todos entienden que el agua ya no es un recurso: es un campo de batalla. Y todos ven que Baja California tiene pocas salidas. Su dependencia del río Colorado es riesgosa. Las sequías en Estados Unidos han reducido su caudal. La desalinizadora de Rosarito, prometida desde hace dos sexenios, apenas comenzará a construirse en septiembre de 2025 (CONAGUA, 2025). Y si no funciona, la pregunta volverá: ¿de dónde sacar agua?
La respuesta del PLHINO es brutal en su simpleza: tomarla de donde sobra y llevarla a donde falta. Pero incluso esa lógica choca con la realidad. En Nayarit ya no sobra. Es la patria de la lluvia sólo en las figuras poéticas del canto a la tierra Cora. Las precipitaciones han cambiado de ritmo. Y los ríos que parecían indomables, hoy son apenas cauces de estiaje en algunos meses. Los mapas hídricos del pasado ya no sirven. Hace falta medir de nuevo. Estudiar de nuevo. Y sobre todo: consultar de nuevo. Porque las comunidades por donde pasarían los canales y donde se levantarían las presas no han sido escuchadas. Y sin su consentimiento, no hay plan que valga. Que nos sirva la experiencia; desmemoriados otra vez, no, por favor.
Aun así, hay una narrativa que se impone: la de la escasez. Y en su nombre, todo parece justificarse. Lo dicen los promotores del PLHINO Siglo XXI, encabezados por Alberto Vizcarra Osuna. Lo dicen los ingenieros que lo han actualizado en planos y costos. Lo dicen los agricultores del Valle del Yaqui y del Fuerte, que ven en el proyecto la posibilidad de volver a sembrar sin rezarle al cielo. Lo dicen también quienes, desde la Federación, observan que la seguridad alimentaria del país depende del agua del norte. Y si esa agua no está ahí, hay que traerla. Y la más cercana está en Nayarit, si los nuevos estudios validan este dogma.
Pero también hay otra narrativa. La del cuidado. La del derecho de los ríos a seguir su curso. La del desarrollo local con agua local. La del reúso, la eficiencia, la desalación como alternativas menos agresivas. No hay certezas. Hay preguntas. ¿Vale la pena mover un río para mover una economía? ¿Vale la pena cambiar el paisaje para evitar la sed? ¿Vale la pena repetir los errores de otros megaproyectos donde el costo ambiental se subestimó, y el social se ignoró?
Por ahora, el PLHINO está donde ha estado casi siempre: en papeles, discursos, y cada tanto, en algún PowerPoint de gobernadores en campaña para llegar o en campaña para permanecer o en campaña que oculta sus sueños de nepotismo. Pero esta vez, hay algo distinto: una convergencia de intereses, una urgencia compartida, y una región que ya no tiene tiempo. Si el PLHINO regresa no será como utopía, sino como necesidad. Pero incluso las necesidades deben medirse. Porque el agua es vida. Y también es territorio, historia, cultura. Porque una región se puede salvar por el agua. Pero también se puede perder por ella.
Si el país decide revivir el PLHINO, tendrá que hacerlo con responsabilidad. Escuchando a todos los actores, desde los ingenieros hasta los pueblos que cuidan sus ríos. Tendrá que invertir en estudios, en diálogo, en sustentabilidad. Tendrá que decidir si quiere un norte con agua o un país con memoria. O ambas cosas, en equilibrio. Tres sería mejor: Con agua, con memoria, con futuro.
*Del portal

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