De los héroes de la pandemia a la pérdida de poder adquisitivo de la clase media
Por Guadalupe Villalobos Guerrero
Hace unas semanas, en nuestro artículo ¿Y, por lo tanto, qué está pasando con la clase media en Baja California?, planteamos un fenómeno económico que merece mayor atención: la compresión salarial.
Cuando el salario mínimo aumenta rápidamente, pero los ingresos inmediatamente superiores no crecen al mismo ritmo, las diferencias entre los niveles salariales comienzan a reducirse. Lo explicábamos con una escalera: si elevamos rápidamente el primer escalón y dejamos casi inmóviles los siguientes, la distancia entre ellos disminuye.
El problema no consiste en mejorar el ingreso de quienes menos ganan. Eso es necesario y socialmente deseable. La pregunta es qué sucede con quienes estudiaron una carrera, acumularon experiencia, adquirieron conocimientos especializados o asumieron mayores responsabilidades. ¿Su esfuerzo sigue reflejándose en su ingreso?
Las recientes protestas de trabajadores del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ponen esta discusión sobre la mesa.
De acuerdo con las cifras difundidas por diversos medios, el acuerdo salarial contempla un incremento de 2.9% al sueldo tabular, acompañado de ajustes en prestaciones y recursos destinados al retiro. Aunque el paquete se ha presentado mediante porcentajes globales mayores, grupos de trabajadores consideran insuficiente el aumento directo a su salario.
Es importante distinguir entre sueldo base, prestaciones y aportaciones para el retiro. No son conceptos equivalentes. Para determinar cómo han evolucionado los ingresos de estos trabajadores, debemos comparar los tabuladores históricos y considerar la inflación. Pero su inconformidad abre una pregunta que va más allá de los porcentajes.
¿Qué trato reciben hoy quienes estuvieron entre los más expuestos durante la pandemia de COVID-19?
Médicos, enfermeras, personal de laboratorio, camilleros, trabajadores de limpieza y muchos otros integrantes del sector salud acudieron diariamente a sus centros de trabajo en circunstancias extraordinarias. Mientras buena parte de la población buscaba protegerse permaneciendo en casa, ellos enfrentaban riesgos de contagio, jornadas extenuantes, incertidumbre y, en muchos casos, la pérdida de compañeros.
La sociedad los reconoció como héroes. Sus imágenes y su esfuerzo quedaron grabados en nuestra memoria colectiva.
Por eso, cuando hoy algunos trabajadores del IMSS protestan por sus condiciones salariales, denuncian falta de insumos y señalan cargas excesivas de trabajo, es inevitable preguntarnos qué ha pasado con aquel reconocimiento.
No se trata de ignorar las restricciones presupuestarias ni de afirmar que todos los trabajadores públicos reciben salarios insuficientes. Se trata de reconocer que el agradecimiento social debe acompañarse de condiciones laborales dignas, remuneraciones justas y recursos para desempeñar su trabajo.
Los aplausos fueron un reconocimiento simbólico; los salarios, los insumos y las condiciones de trabajo son parte del reconocimiento que debe sostenerse todos los días.
Aquí aparece la dimensión económica del problema. El Gobierno Federal presenta la recuperación del salario mínimo como uno de sus principales logros. Sin embargo, el Estado también es empleador de maestros, médicos, enfermeras, administrativos y miles de trabajadores de las instituciones públicas.
Es legítimo preguntar si la recuperación salarial está llegando de manera equilibrada a quienes sostienen los servicios públicos. Para responder, necesitamos comparar los aumentos acumulados de los sueldos base, las prestaciones y el poder adquisitivo, sin confundir los incrementos anuales con los resultados de todo un periodo.
La discusión también nos lleva a la visión de la clase media.
Ante una pregunta sobre la relación de la izquierda con este sector, la presidenta de México expresó, según una declaración difundida por Imagen y Excélsior, que la felicidad no depende del dinero ni de acumular mercancías. Destacó el amor al prójimo, a la naturaleza, a la patria y a la familia como elementos de plenitud, y concluyó: «Ahí está la verdadera felicidad».
Desde luego, el dinero no garantiza la felicidad. Ninguna cuenta bancaria sustituye el afecto familiar, la salud, la amistad o la tranquilidad interior. Pero reconocer el valor de lo espiritual no elimina la importancia de las condiciones materiales.
Una familia necesita ingresos suficientes para alimentarse, pagar una vivienda, atender su salud, educar a sus hijos, ahorrar y prepararse para la vejez. Un profesionista puede valorar profundamente a su familia y, al mismo tiempo, aspirar a que su trabajo le permita construir un patrimonio.
No hay contradicción entre esos objetivos
La clase media no está formada únicamente por personas interesadas en acumular mercancías. La integran trabajadores, técnicos, maestros, profesionistas, pequeños empresarios y familias que buscan estabilidad, autonomía económica y movilidad social.
En el norte de México, esa aspiración tiene una historia particular. Muchas familias llegaron a Baja California dejando atrás los estados donde nacieron, sus casas, sus pueblos y sus afectos. Vinieron buscando trabajo y mejores oportunidades para ofrecerles a sus hijos una vida mejor.
Muchos somos hijos de esos padres que hicieron las maletas y se atrevieron a comenzar de nuevo. Con sacrificios, trabajo y perseverancia, construyeron un patrimonio y abrieron camino para las siguientes generaciones.
Para esas familias, tener una casa propia, pagar los estudios de los hijos, contar con un vehículo para trasladarse al trabajo o ahorrar para una emergencia nunca fue simplemente acumular bienes materiales. Fue convertir la migración, el sacrificio y la esperanza en oportunidades para sus descendientes.
Ese patrimonio no es un símbolo de vanidad: es la historia de una vida de trabajo y la esperanza de que la siguiente generación pueda vivir mejor.
Por eso, hablar de la clase media no es hablar solamente de ingresos o consumo. Es hablar de un proyecto de vida: progresar mediante el trabajo, educar a los hijos, alcanzar seguridad económica y transmitir oportunidades que no siempre estuvieron al alcance de los padres.
Cuando las familias perciben que, a pesar de trabajar y prepararse, cada vez les cuesta más conservar lo que construyeron, la preocupación va más allá del dinero. Está en juego la confianza en que el esfuerzo de hoy permitirá un futuro mejor.
Aquí regresamos a la compresión salarial. Si el salario mínimo avanza con rapidez y el sueldo base de un trabajador calificado aumenta mucho menos, la diferencia entre ambos ingresos puede reducirse. Cuando esto ocurre de manera persistente, puede debilitar los incentivos para capacitarse, asumir responsabilidades y permanecer en puestos que requieren experiencia.
No es una consecuencia automática, pero sí un riesgo que merece atención, particularmente en instituciones que necesitan conservar personal experimentado.
El desafío consiste en mejorar los ingresos de quienes menos ganan y, al mismo tiempo, reconocer la preparación, la experiencia y la responsabilidad de los demás trabajadores. También exige que el Gobierno evalúe sus propias prácticas como empleador y explique cómo evolucionan los salarios reales de su personal.
La clase media trabajadora necesita algo más que la posibilidad de cubrir sus gastos inmediatos: necesita oportunidades para ahorrar, adquirir una vivienda y ofrecer mejores condiciones de vida a sus hijos.
A quienes estuvieron en la primera línea durante la pandemia, la sociedad les debe algo más que un recuerdo agradecido. Merece la pena examinar si hoy cuentan con las condiciones salariales y laborales que corresponden a la importancia de su trabajo.
No tenemos que elegir entre la felicidad y el bienestar material, ni entre mejorar los ingresos más bajos y reconocer el esfuerzo de quienes han dedicado años a prepararse.
Una política económica verdaderamente incluyente debe permitir que el salario alcance para vivir, que la experiencia tenga valor y que el trabajo siga siendo una vía real para progresar.

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