Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

2 de octubre, imposible de olvidar

Por Sergio Negrete Cardenas

Dos de octubre es una fecha que se grabó con fuego en la historia nacional. Esa singular permanencia amerita análisis aparte. Pero además están, lo más grave, las consecuencias para el país, particularmente en el ámbito político y económico.

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La claudicación del Estado

El Estado debería de tener el monopolio de la fuerza. Paulatinamente, tomó décadas, fue permeando en los gobiernos mexicanos que había que evitar “reprimir” al “pueblo” a toda costa. La definición de “represión” y de “pueblo” fue estirándose con el tiempo, hasta incluir el menor uso de las fuerzas del orden contra una docena de personas que decidieron que taponear, por ejemplo, una vía pública era una gran forma de plantar cara y formular ciertas exigencias a las autoridades. Las manifestaciones, marchas, plantones y ocupaciones se convirtieron en una industria para muchos que han estado explotando la oportunidad de privatizar, en su beneficio, los espacios públicos.

Las calles, plazas, casetas de cobro, entre múltiples espacios, se transformaron en armas para chantajear a un Estado acobardado que hace mucho que claudicó en una de sus principales funciones.

Giro al populismo económico

El secretario de Gobernación quedó marcado, como toda la administración de Gustavo Díaz Ordaz, por el 2 de octubre. Como candidato a la presidencia (desde octubre de 1969) y titular del Ejecutivo (tomó posesión en diciembre de 1970), Luis Echeverría Álvarez trató de ganarse a las generaciones jóvenes, a aquellas con las que se había topado el gobierno en 1968.

Pero además marcó un giro en la política económica, quizá impulsado por la creencia que había que responder a la insatisfacción con el modelo de desarrollo que se había manifestado con contundencia en 1968. Echeverría sepultó el “Desarrrollo Estabilizador” vigente desde el sexenio de Ruiz Cortines y proclamó en cambio el “Desarrollo Compartido” (curiosamente Claudia Sheinbaum tiene como una de sus banderas la “Prosperidad Compartida”).

El populismo económico que prevaleció durante dos sexenios, incluyendo el de José López Portillo, fue caracterizado por desequilibrios presupuestales, inflación, endeudamiento y devaluación. Un estatismo populista que ha regresado en parte con López Obrador y su sucesora. Su fracaso ya no se manifiesta en inflación o devaluación sino en endeudamiento y un crecimiento económico bastante pobre.

Una cola muy larga la del 2 de octubre de 1968, ciertamente imposible de olvidar.