Semanario El Pionero

Expresión de Mexicali y su Valle

Indianápolis, hace 50 años

Por José Antonio  Aspiros Villagómez

Segunda de dos partes

VELOCIDADES EN CONTRASTE

Llegó el domingo, la fecha esperada durante todo un largo año por los “Indy 500’s fans”. El camino hacia la pista desde el centro de la ciudad generalmente se recorre en 15 minutos, pero esta vez fueron dos horas a causa del congestionamiento; todos íbamos al mismo sitio y había que formarse.

Cubrimos el trayecto a velocidades entre 15 y 30 kph que resultaban ridículas para quienes íbamos a ver un espectáculo donde se alcanzaban los 320 kph en las rectas.

En las últimas cuadras antes del Speedway, la gente ofrecía los estacionamientos de sus casas o negocios a precios “normales” en esos casos, y entre más cerca quedaban de la entrada a las tribunas, más caro costaba el estacionamiento, pero en ningún caso pasaba de 50 pesos.

Eso sí, en Indianápolis también hay influyentes. Mientras nosotros, como cientos más, esperamos pacientemente nuestro turno para llegar, por el carril de la izquierda a cada momento nos rebasaban caravanas hasta con más de cien vehículos cada una, escoltados por motociclistas de tránsito. Reconocimos la comitiva del gobernador, Robert D. Orr y la de los pilotos, pero nunca supimos quiénes eran los demás.

Cuando pudimos entrar a la pista, ya habían terminado los desfiles de bandas de música, bastoneras y demás. A las 10:45 horas el himno nacional, después una oración, el himno de Indiana y, a las 10.53 horas, el ya clásico “¡Gentlemen, start your engines!”, para luego dar dos vueltas de reconocimiento los 33 participantes detrás del pace car, un Buick V6 turbocargado, conducido por Marty Robbins.

A las once horas en punto, cuando los bólidos arrancaron, las 350 mil gargantas se desgarraban en gritos. La pista tiene tribunas en las dos rectas y en las curvas había gente sobre los árboles y de pie pegados a la alambrada, pero todos verdaderamente alterados por la emoción.

Rutherford se hizo de la punta, pero la perdió en la vuelta cuatro ante el coraje de Foyt, y este a su vez cayó en la 14 para dejar el liderato por tres giros más a Duane Carter Jr.

Wally Dallenbach estuvo efímeramente como puntero y Gordon Johncoock lo desbancó en la vuelta 20. Por arte de la casualidad -uno no se explica por qué otra razón sólo duró una vuelta al frente- Tom Sneva encabezó al grupo en el giro 38 y luego comenzó una guerra sin cuartel entre Rutherford y Foyt.

El primero en tomar la ofensiva fue Johnny. Rebasó a Sneva en la vuelta 39 y se corría la 61 cuando nuestro gran favorito, A. J., pasó al primer lugar. La gente estaba materialmente metida en el espectáculo. El duelo multiplicó los ánimos encendidos desde el principio y, mientras todos gritaban, muchos bailaban o brincaban.

Se corría la vuelta 79 cuando el cronista exclamó: “¡Miren eso! ¡Rutherford está rebasando a Foyt!” y nuevamente el griterío, las porras y algunos gritos de “¡Ei yei, ei yei!” (¡A J! ¡A J!).

Ya no hubo más cambio de líder. Justamente a media carrera -vuelta 100, 250 millas- comenzó a llover, se encendieron las luces amarillas y los bólidos disminuyeron radicalmente su velocidad. Cinco millas después fue detenida la acción en espera de que pasara el aguacero y se secara la pista; eran las 12:47 horas.

La multitud sacó paraguas, impermeables o simples pedazos de hule para protegerse de la furia de Tlaloc y todo el mundo permaneció en su lugar, a la expectativa.

Sólo 27 máquinas estaban corriendo cuando se detuvo la prueba. Roger Mc Cluskey había chocado en la vuelta 30 sin consecuencias graves, y por diversas fallas mecánicas abandonaron Spike Gehlhausen, Dick Simon, Bill Vukovich, David Hobbs y Gary Bettenhausen.

RENACEN LAS ESPERANZAS

Eran las dos y cuarto de la tarde cuando despejó el cielo, se dejó ver el sol y comenzó a soplar un viento regular. Las grúas estuvieron dando vueltas a la pista para secarla y, una hora después, la gente impaciente comenzó a aplaudir y gritar en demanda de que se reanudara el evento. Otra vez nos acordamos de los gladiadores y del lema aquel de pan y circo para el pueblo.

Una ovación como nunca se ha escuchado en el Estado Azteca cuando es anotado un gol, se dejó oír en Indianápolis tras el anuncio de que la carrera continuaría. Volvió la actividad, se encendieron nuevamente los motores y todo estaba listo cuando… ¡otra vez la lluvia! Y ahora más fuerte. La gente ya no esperó más y comenzó a salir, mientras se anunciaba que el ganador era Johnny Rutherford. Nuevamente gritos, aplausos, porras, abrazos y, el vencedor, rodeado por su familia, posando para los fotógrafos.

Cabría preguntarse por qué en otras pistas sí se corre cuando llueve, cambiando únicamente los slicks por llantas especiales con dibujo. La respuesta es que el óvalo de ladrillos cubiertos de asfalto de Indianápolis, resulta demasiado peligroso cuando está húmedo, para vehículos que corren a más de 300 kilómetros por hora. Y reducir esa velocidad le quitaría todo su chiste al evento.

Para muchos fue una decepción que la prueba sólo llegara a la mitad de su duración. Para Foyt fue motivo de un entripado coraje, pues estaba pisándole los talones al vencedor cuando se detuvo la carrera, y para Rutherford significó una inmensa alegría.

“Estoy realmente contento por el resultado -dijo-. Creo que lo merezco. Si la carrera hubiera continuado, quizá el resultado hubiera sido igual, porque mi coche andaba fantásticamente bien.”

Durante una conferencia de prensa mientras caía un torrencial aguacero que duró dos horas, Johnny contestó a numerosas preguntas.

“Me preguntan si me emociono -dijo en respuesta a una-. Es como manejar un carro nuevo, me gusta sentirlo y lo disfruto. Nunca pienso en nada malo. Llevo 16 años de correr profesionalmente y todavía es difícil para mí explicar lo que realmente voy pensando cuando manejo o cuando gano. Son sensaciones distintas cada vez y disfruto mucho cuando gano porque… ¿a quién no le gusta ganar?”.

La edición LX de las 500 Millas de Indianápolis se corrió el 30 de mayo de 1976 y los tres primeros lugares fueron:

1.- Johnny Rutherford; McLaren Offy # 2, 102 vueltas, 1h.42’52.48”, 148.7 mph.

2.- A. J. Foyt; Coyote Foyt # 14, 102 vueltas, 1h.43’07.84”, 148.3 mph.

3.- Gordon Johncoock; Wildcat DGS # 20, 102 vueltas, 1h.44’47.33”, 146.2 mph.

(Publicada en la revista mensual Automundo # 72, de julio de 1976)